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Más allá del tiempo

Esta obra comienza en la cocina de una casa familiar, a la hora de la cena, cuando "el hombre" le dice a "la mujer" que quiere emprender el camino hacia "allí", el lugar en el que se encuentra el hijo de ambos, muerto desde hace cinco años.
Por medio de un lenguaje poético a la vez que conciso y sintético, la pareja intenta analizar su evolución desde el momento en el que "aquella noche" se les dio "la noticia", la de la fatídica muerte de ese hijo. Analizan la transformación de su vida, hablan de la imposibilidad de amarse tras esa pérdida pero, al mismo tiempo, de la imposibilidad de separarse.
El hijo lo ha ocupado todo durante esos cinco años, "agazapado como un feto" en la pupila del padre, asomando "entre los olores del cuerpo" de la madre. Los dos hablan de la idea del suicidio que los ronda: la madre lleva esos cinco años intentando evitarlo, intentando no tomar ese camino que es el más fácil, pero ahora el padre se decide por fin a ir en busca del hijo.
El hombre emprende la marcha, y por el camino se le van uniendo otros personajes que comparten con él la misma pérdida: la muda reparadora de redes, un viejo profesor que resuelve problemas de cálculo con la tiza en las paredes de las casas, una comadrona a la que nadie da trabajo, su marido zapatero o un duque que maltrata a su sirviente. Para todos estos seres la muerte del hijo no es un asunto cerrado, y tras años de mutismo intentan ahora poner voz a su dolor.
Podríamos leer Más allá del tiempo como la continuación de La vida entera, donde dejamos a los padres de Ofer a la espera de la brutal noticia de la muerte de su hijo, pero aun ligados a un hilo de esperanza. Aquí en cambio el dolor es una realidad casi tangible, que se mezcla de una manera sorprendente con la realidad de la vida en sus momentos más crudos, más ligados a lo que de animal queda en nosotros. Al final ese dolor se convierte en algo universal, un dolor que anda Más allá del tiempo y que guía al padre en un viaje entre las sombras para hacer preguntas que no tienen respuesta.

COMIENZO DEL LIBRO

EL CRONISTA: Sentados y cenando el rostro del hombre se transforma de repente. Con un gesto brusco aparta el plato que tiene delante. Un tintineo de cuchillos y tenedores. Se levanta, se queda de pie y parece no saber dónde está. La mujer se remueve en su silla. La mirada de él revolotea alrededor de la mujer sin terminar de posarse, y ella -que ya se ha visto sacudida por la desgracia- lo nota enseguida, aquí está otra vez, ya me está tocando los labios con sus fríos dedos. ¿Pero qué te pasa?, le susurra con los ojos, y el hombre la mira atónito -
-Tengo que irme.
-¿Adónde?
-A donde él está.
-¿Adónde?
-A donde él está, allí.
-¿Al lugar en el que todo pasó?
-No, no. Allí.
-¿Dónde es allí?
-No lo sé.
-Me asustas.
-Solo para volver a verlo un momento.
-¿Pero qué vas a ver, ahora? ¿Qué más hay que ver?
-¿Y si allí fuera posible verse? ¿Y si hasta pudiera hablar
con él?
-¿¡Hablar!?

El País

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