De algún modo el ser humano siempre ha sentido una buena dosis de atracción por el mal. Su condición frente a lo prohibido o por decir así, su dificultad o reto a explicar aquello que lo descarrila o se ve expuesto a lo inexplicable. Una condicionante que siempre ha sido vocero tangible de la humanidad. Como sociedad, y más con el auge de las redes sociales, la fascinación por los malvados, por el mal se hace o se convierte como un hecho normal, pero sin olvidar el trasfondo que degenera de esta actividad intrínseca en el ser humano y sus consecuencias. El mal forma parte de nuestra naturaleza, tal como lo es el amor, la violencia o deseo. Arthur Schopenhauer defendía que el mal tiene un punto de partida incontestable: nosotros mismo. El ser humano se suspende entre dos fuerzas que lo convierten en su naturaleza, y esto suena a Nietzsche, donde al mal está en la propia naturaleza. El ensayo que tratamos en esta ocasión Evil and the Augustinian tradition escrito por ...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción