Las vitrinas de los maniáticos coleccionistas del Renacimiento estaban llenas de cuernos de rinoceronte con incrustaciones de rubíes, mandíbulas de peces gigantes, aves embalsamadas de colores insólitos y espléndidas conchas marinas de todas las formas posibles. En la actualidad, los coleccionistas lo acumulan todo, desde Picassos hasta dispensadores de caramelos Pez. Philipp Blom investiga en El coleccionista apasionado la historia de esa pasión por coleccionar desde el Renacimiento hasta nuestros días. Todo objeto de colección, ya sea una caja de cerillas o la uña de un mártir, tiene un significado que trasciende al objeto mismo; es un tótem. Y el afán incesante por poseerlo -y clasificarlo- convierte al coleccionista en un antropólogo cultural. Para Alex Shear, su colección de piezas del período de posguerra -radios, refugios para protegerse de la lluvia nuclear, coloridas cajas de polvos de gelatina, secadores y horquillas para el pelo, muñecas Ba...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción