Aunque hoy sea normal considerar el lenguaje como un instrumento de comunicación y entendimiento entre los hombres, durante siglos los filósofos modernos vieron en él justo lo contrario: la raíz de las disputas, el instrumento de los malos entendidos, de la confusión, de la ignorancia y hasta de la guerra. ¿Se equivocaban? La verdad es que tenían buenos motivos para desconfiar: Europa atravesaba un periodo despiadado de contiendas sanguinarias, interminables y enconadas, guerras de religión animadas por miles de palabras siniestras y cargadas de razones, por toneladas de declaraciones sentenciosas que avivaban el fuego de las batallas con el sello de los teólogos. Como dice uno de los lúcidos Pensamientos despeinados de Stanislaw Jerzy Lec, “Caronte tenía que sacar a menudo de las bocas de los muertos las palabras que les habían metido”. Por eso los sabios buscaban denodadamente un sistema de notación alternativo que tuviese la transparencia y la universalidad de la lógic...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción