Cuando, a veces, escucho esta palabra: castrar o eunuco, siempre me llega a la mente mi infancia. Donde pernotaba cuando pequeño había una granja de cerdos y siempre escuchaba a los dueños: Julián, hay que castrar esos cerdos. La crueldad con que hacían tal procedimiento, era para no volver por esos predios. A pesar de la terrible brutalidad, ferocidad con que ejecutaban dicho evento contra esos animales, era para escandalizar y trastornar todos mis sentidos. La castración como medio de extracción de los órganos sexuales en los animales domésticos, era lo que veía en esos momentos de infancias, algo cruel, sin sentido, atroz, sin corazón, desprovisto de toda piedad, pero al pasar el tiempo me fui dando cuenta que la castración en los animales, no era propia de aquellos indefensos, sino que dicha práctica era llevada hasta la misma humanidad del hombre. La historia está plagada de hechos de castración de tiempos inmemorables, que por lo general, eran producto de asuntos...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción