En una noche que se acababa halló la cuadratura del círculo. En otra tocó fondo por un desengaño amoroso. Un día detalló los 116 libros de su biblioteca (Aristóteles, San Agustín, Esopo, Ovidio, Plinio y también manuales sobre hierbas, anatomía, filosofía, cosmografía o gramática) y al otro describió su fondo de armario. Por encargo trazó un mapa de la Toscana con un imaginario desvío del Arno y una máquina para atravesar en línea recta una montaña. Dibujó bielas, muelles, manivelas, clavijas, goznes y tornillos con y sin fin. Al tiempo le dedicó un mundo de resortes y correas. Y a Marco d'Oggiono, de sobrenombre Salai (Diablillo, bautizado así por una novela de moda en la época) le dedicó todo el tiempo del mundo, aunque fuese un ejercicio vano para domesticar aquella pasión equivocada. Cuando un ictus paralizó parte del cuerpo de su maestro, Salai acudió al rey francés para ofrecerle todas las pinturas, entre ellas un lienzo pequeño que alcanzaría una fama grand...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción