La ventaja de los libros bélicos contados por historiadores o grandes teóricos militares es que al lector parece como si le regalasen un asiento de primera fila en la sala de mapas del cuartel general de uno, o de ambos, de los ejércitos en liza. Como el historiador y el estratega habrán tenido ocasión de documentarse y hacerse una cabal idea de conjunto, con su relato casi es posible ver al general en jefe, provisto de una especie de rastrillo de mango larguísimo, moviendo de aquí para allá flotas enteras o cuerpos de ejército cuya misión es atacar al enemigo por uno de sus flancos, desguarnecidos gracias a la astuta maniobra de distracción oordenada por el general. Obviamente, puesto que las cosas de los hombres raras veces salen como estaban planeadas ( y menos aún si se trata de mover miles y miles de hombres con todos sus pertrechos y armamento, aparte de las líneas asistenciales y las unidades de inte...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción