Tardará Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) un tiempo, si alguna vez se lo plantea, en hacer un libro infantil porque escribe con las vísceras, con la misma loca pasión desenfrenada de la escultura que representa ese Quijote (o Cervantes, da igual) sentando en una silla blandiendo la espada al cielo que adorna uno de los estantes de su escritorio. Justificadísimo. Lo puede comprobar desde la primera línea quien se asome al abismo de su Un millón de gotas (Destino) , cuarta novela, de nuevo intenso thriller literario a partir de una doble trama, su recurso preferido: un abogado quiere saber por qué su hermana, mosso d’esquadra, se ha suicidado mientras investigaba una red de pornografía infantil; por otro, sospecha que no supo nunca quién era su padre, dudoso héroe antifascista que vivió la URSS de la revolución… y de sus gulags, progenitor del que se revive su historia que acabará asomando por la actualidad. “Cuando escribo, vivo”, suelta Del Árbo...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción