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Mostrando las entradas etiquetadas como traduccion

‘La señora Bovary’

No es un error. Madame Bovary, en la edición que publicará Alba, será La señora Bovary . “Es la traducción correcta”, zanja su traductora, María Teresa Gallego Urrutia. “Al principio no me atrevía a cambiar los títulos, pero está superado. Se trata de buscar el rigor”, dice Luis Magrinyà, director de la colección de clásicos de la editorial. Aunque en su departamento de marketing le arruguen la nariz y los lectores se despisten y/o resistan a utilizar el título modificado. “Yo traduje Juicio y sentimiento de Jane Austen y todos los años hay señoras en la Feria del Libro que dicen ‘ay, este no lo tengo’, a lo que les respondo: ¿tienen Sentido y sensibilidad? Pues es el mismo, pero bien traducido”. Enrique de Hériz ya está retirado de la labor editorial, pero recuerda haberse encontrado en una situación similar con La dama de blanco, de Wilkie Collins. “En realidad es La chica de blanco. Lo debatí con el traductor, le dimos muchas vueltas, y al final decidí mantenerlo po...

Una forma atenta de leer

Clásicos son esos libros que siempre acaban pidiendo una traducción nueva. Estoy parafraseando a Italo Calvino y su definición de los clásicos, esas obras especiales que nunca acabamos de releer. Se releen por definición y se retraducen por definición, pues traducir también es una forma especialmente atenta de leer. “Un clásico”, decía Calvino, “es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Así que nunca terminamos de traducirlo definitivamente. Y además las traducciones se renuevan por razones históricas y lingüísticas: cambia la relación entre culturas y entre lenguas, cambian los valores, cambia la estimación de los escritores y de las obras, cambia la lengua y la mentalidad, cambia el concepto mismo de traducción, las maneras de traducir, lo que se entiende por una buena traducción, la doble figura de la traición y la fidelidad. Cada época tiene su modo de traducir. Cambian los modos de leer a los clásicos, y la noción de obra literaria. Las palabras...

La tarea del traductor

Estamos ante un nuevo avatar de la leyenda de Babel. Esta vez la maldición no es la fragmentación del lenguaje puro en la dispersión de lenguas, sino la convergencia de todas en una neolengua única, artificial, instrumental. Recuerda Walter Benjamin que fueron los cuentos infantiles que le leía su madre los que le descubrieron el misterioso poder del lenguaje, que fueron ellos los que le mostraron por vez primera, nos dice, la manifestación del poder que la narración y el arte tienen sobre el cuerpo. Y, prestando un poco de atención, no resulta difícil adivinar la huella de ese primer impacto a lo largo de sus escritos, a partir del temprano artículo Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los hombres en particular (1916), por ejemplo. Benjamin entiende allí que existen tres niveles en el ser del lenguaje. En primer lugar, la lógica del verbo divino para la que crear, nombrar y conocer son lo mismo. Luego, el ser áfono de las cosas, que conservan la marca muda...