En Historias de Cronopios y de Famas, el escritor argentino Julio Cortázar advierte de que "existe un pueblo en Escocia donde venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen; si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere". Esto debió de pasarle a Richard Hamilton el pasado 13 de septiembre; sabía que el lugar de los espacios en blanco en la materialidad de lo escrito era lo más importante porque, en efecto, los "blancos" asumen tanta importancia como las letras; golpean de entrada, introducen el tiempo y el movimiento en el texto, son la causa del decir, el referente único y último del poema. Así lo hizo constar Mallarmé en su obra más conocida, Un coup de dés..., libro que Hamilton tenía siempre en su mesilla de noche y que debió de ojear pocos segundos antes de colarse definitivamente dentro de las ruinas vacías del poema final. La elocutiva desaparición del artista inglés fue la misma que la del ...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción