Los símiles meteorológicos se han convertido en un lugar común para explicar la crisis ante la evidencia de que la economía es tan incontrolable como la naturaleza. Pero afloran ya otras familias semánticas, como el vocabulario de quirófano o incluso el funerario. La cultura se desangra, decimos, agoniza. Abierta en canal, con heridas irreversibles que amenazan su democratización. Cae sobre ella un impuesto temerario dispuesto a expulsar de su feudo a los más de cinco millones de personas que no tienen un trabajo, incluso a quienes, teniendo poco, comprenden que la cultura se paga. La calle grita: «la cultura no es un lujo», aunque en verdad no sea otra cosa si entendemos el lujo como una experiencia y no como una posesión. El problema es que hoy se cae el entrecomillado al triplicarse su IVA, como el alcohol y el tabaco. Un asunto que informa con gran transparencia acerca del ideario político y moral del Gobierno. Ni pan ni circo. Se acabó la facilidad para ...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción