«―Me da la sensación de que avanzas hacia un fin terrible. Pero, sinceramente, no sé qué clase de... ¿Me escuchas?
―Sí.
Se le notaba que estaba tratando de concentrarse.
―Puede que a los treinta años te encuentres un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen “Ves a verla”. O puede que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo sé. Pero entiendes adónde voy a parar, ¿verdad?
[...]
―Está bien. Puede que no me exprese de forma memorable en este momento. Dentro de un par de días te escribiré una carta y lo entenderás todo, pero ahora escúchame de todos modos –me dijo. Volvió a concentrarse. Luego continuó–. Esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en que el que cae no se le permite llegar nunca al fondo. Sigue cayendo y cayendo indefinidamen...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción