A los 11 años, la muerte y Dacia Maraini ya eran parientes. Lo cuenta ella en las primeras páginas de Bagheria , un libro que recoge su llegada a Sicilia en 1947 procedente de Japón, donde su familia había estado recluida en un campo de concentración por la negativa de su padre, un brillante antropólogo, a firmar su adhesión a la república fascista de Saló: “Dos años de campo de concentración y de guerra. Una travesía por el océano minado. En la cubierta todos los días hacíamos ejercicios para tirarnos ordenadamente al mar, con salvavidas en la cintura, para el caso de que el barco se topase con una mina”. De aquel viaje, recuerda la gran escritora italiana, aún conserva una pequeña fotografía en la que se ve un trozo de la cubierta azotada por el viento y a una niña con un vestido de flores. “Aquella niña era yo, llevaba el pelo corto, casi blanco de tan rubio que era, zapatillas de tenis rojas, e iba cogida de la mano de un oficial americano”. Han pas...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción