Uno y nada más que la unidad: frente al orgullo de pertenecer a un grupo, una escuela o un linaje, la dorada soberbia de ser yo y ni siquiera locus solus . El magnífico ensayo de Carlos Granés, El puño invisible (Taurus) segrega un espeso caldo melancólico no solo porque el arte, hecho trizas, ha terminado con todo lo que fuera tenido por eximio y, al final, ha cocinado una sopa donde se mezclan los colores, los sabores y la calidad de la composición, sino también ha concluido con todo orden de convicciones y, de paso, con una moral cívica caída al hilo de la destrucción. Todas las vanguardias, como ilustra intensamente este libro de Granés fueron movimientos de destrucción. El arte fue su principal enemigo a lo largo de casi todo el siglo XX pero, como fue coherente, cualquier referencia establecida también. El pos-arte era anarquismo para la obra y para la política. Muerte para la creación y para la agrupación. De ese modo las grupalidades estéticas que habían jalon...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción