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Mostrando las entradas etiquetadas como Fragmento

Los errantes

Título original: Bieguni Autor:  Olga Tokarczuk Traducción: Agata Orzeszek Editorial: Anagrama Año de publicación:2007 Año de edición : 2019 Número de página:400 Genero: Ficción, novela    Hablar de Los errantes es transitar entre una hibridez de multiplicidad de géneros, donde caen en una encerrona entre los movimientos y el tiempo. El cuento, los ensayos filosóficos, libros de viajes, la reflexión, y porque no decir la autobiografía, de la misma autora, la cual con toda autoridad dice “Aquí estoy”.  La Premio Novel de Literatura polaca de 2018 que  «por una imaginación narrativa que, con pasión enciclopédica, representa el cruce de fronteras como una forma de vida» y la ganadora del Premio Man Booker Prize 2018, recrea múltiples historias de personajes que viajan en busca de su destino o de comprender quienes son.   La lectura de Los errantes es una invitación que nos hace la autora a jugar con el estilo fragmentario que se va desarrollando...

Asistencia obligada

Es este un libro prodigioso y terrible, una extraña supervivencia que da noticias de una oscura derrota humana y literaria, la orquestada por los responsables políticos bajo el estalinismo -pero también durante el deshielo de Krushev-, que supieron generar el clima de miedo y sospecha necesario para que todo un nutrido colectivo de intelectuales se plegara a escribir durante décadas sólo sobre lo que el Estado consideraba pertinente. Es esta máquina de aupar mediocres y destrozar "pesimistas", a los Bulgakov, Platonov, Mandelstam, Pasternak, Ajmátova, Olesha o Grossman, la que queda aquí denunciada, y a cuatro manos, por dos escritores que fueron testigos de su sádico funcionamiento.  Asistencia obligada  no era más que una carpeta llena de fragmentos, bosquejos y retales cuando a principios de los años 70 un moribundo Boris Yampolski se la entregó subrepticiamente a su amigo Ilya Konstantinovski al temer por ella si no regresaba vivo de su enésimo internamiento hospit...

Eric Hobsbawm, un pensador en sus propias palabras

La pura inercia intervino de manera decisiva en la formación de Eric J. Hobsbawm. Cuando nació, en 1917, el viejo mundo que había reinado hasta entonces se venía abajo con los estertores de la I Guerra Mundial. Aun así, creció empapándose en la gran cultura que procedía de aquella Mitteleuropa en la que habían brillado escritores de la envergadura de Robert Musil, Italo Svevo, Hugo von Hofmannstahl, Hermann Broch o Joseph Roth, entre tantos otros. No había cumplido quince años cuando, en Berlín, se lanzaba a la calle para divulgar panfletos de izquierda que advertían de los peligros que llegaban con el nazismo. No sirvió de mucho: Hitler triunfó y la familia de Hobsbawm salió hacia Inglaterra. Fue allí donde hizo carrera aquel joven que quería dedicarse a la literatura y terminó como historiador. Nunca ocultó sus simpatías por el comunismo, pero cuando se vuelve sobre su obra, por cercano que estuviera del marxismo, su inmensa cultura y su rigurosa capacidad de inves...

Degas danza dibujo

En estas páginas maravillosamente escritas, los fragmentos biográficos y los detalles técnicos se mezclan con elucubraciones sobre la danza, intuiciones sobre la fotografía y reflexiones sobre la poesía para conformar un homenaje al «dibujante más inteligente, más reflexivo, más exigente, más empecinado del mundo». Pocos libros han captado tan sentida y tan vívidamente un intercambio creativo como Degas danza dibujo. En él hallamos los imaginativos saltos de una generación a otra, el enfrentamiento entre la precaución y la libre invención, el encuentro de la palabra y la imagen, pero, sobre todo, los rastros de un diálogo productivo entre dos de las más refinadas mentes de la época, una evidencia del hermanamiento entre el arte y la más elevada inteligencia. DEGAS Igual que el lector, ensimismado a medias, garabatea en los márgenes de una obra y genera, al albur de la abstracción y de la punta del lápiz, seres pequeños o inconcretos ramajes junto a los bloques leg...

La subjetividad totalizadora

“La esencia del lenguaje a la cual los filósofos otorgan ya un papel principal-y que señalaría la noción misma de cultura-consiste en hacer brillar, más allá del dato, al ser en su conjunto. El dato tomaría una significación a la partida de esa totalidad. Pero la totalidad que ilumina no sería el total de una adición obtenida por un Dios fijado en la eternidad. La totalización de la totalidad no sería semejante a una operación matemática. Sería una conjunción o un ordenamiento creador e imprevisible, muy semejante, por su novedad y por lo que debe a la historia,, a la intuición bergsoniana. Es por esta referencia de la totalidad iluminadora al gesto creador de la subjetividad que se puede caracterizar la originalidad de la nueva noción de la significación irreductible a la integración de contenidos intuitivamente dados, irreductible también a la totalidad hegeliana que se constituye objetivamente”.

El escritor discute con Lucifer acerca de la soberbia y la humildad

Satanás . Observo que el filosofo se aproxima a mi humilde morada. El escritor . Algunas cosas son reales: el filosofo se aproxima, la morada puede ser humilde, o no, podemos discutirlo. Pero lo que está claro es que el habitante de la morada no tiene nada de humilde, más bien todo lo contrario. Yo diría que haces la soberbia tu razón de ser y existe, pese a que es algo que te ha costado caro. Satanás. ¿Caro? Es a lo que uno se arriesga por decir cuadro verdades. Soberbio era mi jefe. El escritor . De cualquier manera, yo supongo que debes de tener tu orgullo herido, porque hoy solamente eres para todos el Ángel Caído. El que desafió a Dios y fue derrotado, el que creyó que era más de lo que es. Satanás . Creo que nuevamente tengo que poner las cosas en su lugar. Estas en presencia de alguien seguro de sí mismo, algo que muy pocos pueden decir. Porque con muchos como yo el mundo sería otro. El escritor . Pero, hombre, si éste es el problema, que el mundo ésta lleno de individuos ...

El capitán Alatriste

“Por esa época, Angélica de Alquézar debía de tener once o doce años, y ya era un prometedor anuncio de la espléndida belleza en que se convertiría más tarde, y de la que dio buena cuenta el propio Velázquez en el cuadro famoso para el que ella posaría tiempo después, hacia 1635. Pero más de una década antes, en aquellas mañanas de marzo que precedieron a la aventura de los ingleses, yo ignoraba la identidad de la jovencita, casi niña, que cada dos o tres días recorría en carroza la calle de Toledo, en dirección a la Plaza Mayor y el Palacio Real, donde –supe más tarde- asistía a la reina y las princesas jóvenes como menina, merced a la posición de su tío el aragonés Luis de Alquézar, a la sazón uno de los más influyentes secretarios del rey. Para mí, la jovencita rubia de la carroza era sólo una visión celestial, maravillosa, tan lejos de mi pobre condición mortal como podían estarlo el sol o la más bella estrella de esa esquina de la calle de Toledo, donde las ruedas de...

La insoportable levedad del ser

“Aquello no era un suspiro, no era un gemido, era realmente un grito. Gritaba tanto que Tomás separó la cabeza de su cara. Creía que la voz que sonaba justo al lado de su oído le iba a romper el tímpano. Aquel grito no era una expresión de sensualidad. La sensualidad es la máxima movilización de los sentidos: una persona observa atentamente a la otra y escucha cada uno de los sonidos que produce. En cambio su grito pretendía aturdir a los sentidos para que no vieran ni oyeran. Quien gritaba era el propio idealismo ingenuo de su amor, que quería ser la superación de todas las contradicciones, la superación de la dualidad entre el cuerpo y el alma y quién sabe si la superación del tiempo. ¿Tenía los ojos cerrados? No, pero no miraba con ellos hacia parte alguna, los tenía fijos en el vacío del techo. Por momentos giraba bruscamente la cabeza hacia uno y otro lado. Cuando se acabó el gritó, se durmió a su lado y le tuvo la mano cogida durante toda la noche. Desde ...

¡Adiós, "Cordera"! (fragmentos)

“Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el prao Somonte, sola, esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas, pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles, al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que dejaban para ir a morir a las luchas fraticidas de la patria grande, al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían. Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oír entre el estrépito de las ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano: -¡Adiós Rosa!... ¡Adiós, Cordera! -¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de mío alma!... “Allá iba,...

Un mundo feliz ( fragmentos)

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza” Aldous Huxley Un mundo feliz

El guardián entre el centeno (Fragmentos)

«―Me da la sensación de que avanzas hacia un fin terrible. Pero, sinceramente, no sé qué clase de... ¿Me escuchas? ―Sí. Se le notaba que estaba tratando de concentrarse. ―Puede que a los treinta años te encuentres un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen “Ves a verla”. O puede que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo sé. Pero entiendes adónde voy a parar, ¿verdad? [...] ―Está bien. Puede que no me exprese de forma memorable en este momento. Dentro de un par de días te escribiré una carta y lo entenderás todo, pero ahora escúchame de todos modos –me dijo. Volvió a concentrarse. Luego continuó–. Esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en que el que cae no se le permite llegar nunca al fondo. Sigue cayendo y cayendo indefinidamen...

Grandes esperanzas (Fragmentos)

«En el primer momento no me fijé en todo esto, pero vi más de lo que podía suponer, y observé que todo aquello, que en otro tiempo debió de ser blanco, se veía amarillento. Observé que la novia que llevaba aquel traje se había marchitado como las flores y la misma ropa, y no le quedaba más brillo que el de sus ojos hundidos. Imaginé que en otro tiempo aquel vestido debió de ceñir el talle esbelto de una mujer joven, y que la figura sobre la que colgaba ahora había quedado reducida a piel y huesos. [...] ―¿Quién es? ―preguntó la dama que estaba sentada junto a la mesa. ―Pip, señora. ―¿Pip? ―El muchacho que ha traído hasta aquí Mr. Pumblechook, señora. He venido a jugar... ―Acércate más, muchacho. Deja que te vea bien. Al encontrarme delante de ella, rehuyendo su mirada, observé con detalle los objetos que nos rodeaban, y reparé en que tanto el reloj que había encima de la mesa como el de la pared estaban parados a las nueves menos veinte. ―Mírame ―me dijo miss...

Cuando leí a Dante

FRAGMENTO LITERARIO: Mi primera vez Hoy, Alberto Manguel La primera vez que leí a Dante fue después de una conversación con el sagaz Jesús Pardo, hace ya unos seis o siete años. Nos habíamos conocido en ya no sé qué presentación en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y, hablando de nuestras bibliotecas, me contó que coleccionaba ediciones de la Divina Comedia en español. Hurgando por las librerías, descubrí alguna edición destartalada que le envié, y después otras más. Durante mi adolescencia, había conocido las melodramáticas ilustraciones de Gustave Doré en uno de los volúmenes de El tesoro de la juventud, y había recorrido el poema de manera distraída. Gracias a Jesús Pardo, y a pesar de mi pésimo italiano, decidí probar el original. Algunas veces, pocas, a lo largo de mi vida de lector, tuve la suerte de descubrir un texto, a veces famoso, a veces no, que sentí cambiaba mi vida. Uso el lugar común porque es exacto: después de la lectura de El rey Lear, de Ficci...