DEGAS
Igual que el lector, ensimismado a medias, garabatea en los márgenes
de una obra y genera, al albur de la abstracción y de la punta del
lápiz, seres pequeños o inconcretos ramajes junto a los bloques
legibles, eso mismo voy a hacer yo, según el capricho de la mente, en la
contigüidad de estos pocos estudios de Edgar Degas.
Acompañaré las imágenes de una cantidad breve de texto de cuya lectura
pueda prescindirse, o que sea posible no leer de un tirón, y no tenga
con esos dibujos sino el parentesco más laxo y las relaciones menos
estrechas.
Sólo será esto, pues, un a modo de
monólogo, en el que se repetirán como ellos quieran mis recuerdos y las
ideas varias que me he hecho de un personaje singular, de gran
envergadura y artista austero, esencialmente voluntarioso, de
inteligencia poco común, vivaz, aguda e inquieta, que ocultaba, tras lo
absoluto de las opiniones y la rigurosidad de los juicios, no sé qué
duda en lo referido a sí mismo ni qué falta de esperanza en llegar a
satisfacerse, sentimientos amarguísimos y nobilísimos cuyo
desarrollo propiciaba en él ese exquisito conocimiento que de los
maestros poseía, la codicia que experimentaba por los secretos que les
atribuía, la perpetua presencia que en la mente tenía de sus
perfecciones contradictorias. No veía en el arte sino problemas de
determinada matemática más sutil que la otra, que nadie ha sabido
explicitar y cuya existencia muy pocos pueden sospechar. Gustaba de
hablar del arte sabio; decía que un cuadro es el resultado de una serie de operaciones...
Mientras que a una mirada candorosa le parece que las obras nacen del
halagüeño encuentro entre un tema y un talento, un artista de esa
categoría tan profunda, más profunda quizá de lo recomendable, retrasa
el goce, crea la dificultad, teme los caminos más cortos.
Boomerang
Comentarios