El
18 de agosto de 2012 Elsa Morante cumpliría cien años. Ya se sabe que
los muertos no hablan y peor se les da escribir... De ahí la idea de
hablar en su nombre y rendirle un homenaje traduciendo Mentira y sortilegio, su primera gran novela, nunca publicada en castellano.
Historia espléndida y como llegada de otros tiempos, Mentira y sortilegio
se publicó en Italia en 1948 y ganó el Premio Viareggio, sorprendiendo a
la crítica y al público. La primera en maravillarse fue Natalia
Ginzburg, que por aquel entonces trabajaba en la editorial Einaudi.
Estas son sus palabras al evocar aquella época:
«En
el 48, creo que era invierno, me llegó una carta de Elsa Morante. Me
decía que acababa de terminar una novela y quería saber si podía
mandármela. Yo vivía en Turín y trabajaba en la editorial Einaudi. Había
conocido a Elsa Morante en Roma; no me acuerdo ya dónde, pero no
habíamos hablado mucho. Me parecía haberle dicho que un cuento breve
suyo, publicado en una revista pocos años antes, durante la guerra, me
había gustado mucho. En cualquier caso, por lo que recuerdo, nos veíamos
esporádicamente y no nos frecuentábamos. Yo era, sin embargo, la
persona a la que conocía mejor en aquella editorial. Así fue como llegó a
mis manos el original mecanografiado de Mentira y sortilegio.
Lo
recibí por correo. Había correcciones hechas a mano, con tinta roja.
Recuerdo lo sorprendida que me quedé cuando leí los títulos de los
capítulos, porque me pareció una novela de otra época, y lo mucho que,
al hojearlo, me intrigaron algunas palabras con la inicial en mayúscula:
el Carapicada, el Primo.
El motivo por
el cual Elsa había puesto toda su confianza en mí, sin conocerme bien, y
en el servicio de correos italiano, lo ignoro, pero desde entonces
siempre le estuve profundamente agradecida por habérmela mostrado.
Leí Mentira y sortilegio
de un tirón y me gustó inmensamente. No estoy segura de haber tenido en
aquel momento plena consciencia de su importancia y su esplendor. Solo
sabía que me fascinaba y que hacía mucho tiempo que no leía nada que me
diese tanta vida y felicidad. Fue para mí una aventura extraordinaria
descubrir, entre los títulos de los capítulos que me habían parecido
decimonónicos, el tiempo y las ciudades que nos pertenecían, y que
poseían la intensidad desgarradora y dolorosa de nuestra existencia
cotidiana; fue una gran emoción descubrir que era posible, en una época
como la nuestra en que los libros eran enrevesados y avariciosos, dar al
prójimo una obra tan generosa y luminosa. Quizá, en cierto modo, sí
comprendí su grandeza.
Trabajaba en
aquella editorial desde hacía poco, y por supuesto no tenía suficiente
autoridad para decidir yo sola la publicación de un libro. Le pedí
consejo a Pavese; creo que él no leyó entonces el manuscrito, pero
consideró adecuado publicarlo.
Aquella misma primavera ya estaban listas las galeradas de Mentira y sortilegio,
y Elsa vino a Turín a corregirlas. Vivía en un hotel cerca de la
estación: un hotel no muy lejano de aquel donde, algunos años después,
moriría Pavese. Yo tenía una copia y ella otra; me acuerdo que del
cansancio, de la emoción y del miedo que les tenía a los errores de
imprenta, le dio fiebre. Cuando se encontró mejor, solía salir por la
tarde y sentarse en el café de un bulevar, a esperar que dejáramos el
despacho y nos uniésemos a ella Pavese, Balbo, Calvino y yo. Ella y
Pavese discutían por cualquier cosa, aunque sin acalorarse mucho. No
estaban de acuerdo en nada, pero en sus peleas no había ninguna
animadversión.
Elsa dijo más tarde que
aquella temporada en Turín, pasado el sufrimiento de las galeradas,
había sido para ella una temporada serena. Durante aquel verano, aprendí
a amar las carcajadas de Elsa, agudas y cristalinas, su manera de
sujetarse siempre el cabello con el fular, la boca grande y amarga, y
las manos pequeñas y blancas; aprendí a temer sus cambios de humor, su
cólera y sus juicios drásticos. Con ella me mostraba tímida al principio
y también después, y no supe decirle sin reserva, ni entonces ni con el
andar del tiempo, cuánta vida y cuánta alegría me regalaba todo lo que
escribía y su presencia en este mundo.
He
aquí los primeros recuerdos que tengo de Elsa. Son imágenes muy
lejanas; desde entonces pasaron muchas cosas, a ella, a mí y al mundo
entero, que fueron cubriendo aquellos días lejanos con una densa cortina
de niebla, tierra y ceniza, así que, cuando intento evocarlos, me
resulta difícil reunir los fragmentos, pues se mezclan con hechos y con
palabras que pertenecen a una época más cercana, y me resulta difícil
recuperar intacto su verdadero eco.
La
agonía de Elsa duró muchos años y fue muy triste. Durante esos años yo
quise volver a leer sus libros y no lograba hacerlo; no podía separar su
obra de su enfermedad. Ahora he vuelto a leer Mentira y sortilegio. Y he vuelto a encontrar aquella extraña felicidad, la emoción que me sobrecogió cuando lo leí por primera vez.»
"Leí Mentira y sortilegio
de un tirón y me gustó inmensamente... Hacía mucho tiempo que no leía
nada que me diese tanta vida y felicidad". Natalia Ginzburg
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Una sepultada en vida y una mujer perdida.
Una sepultada en vida y una mujer perdida.
Ya hace dos meses que mi madre adoptiva, mi única amiga y
protectora, murió. Era apenas una niña cuando, huérfana de padre y
madre, fui recogida y adoptada por ella; desde entonces -han pasado más
de quince años-, siempre vivimos juntas.
La
funesta noticia ya se ha propagado por todo el círculo de sus
conocidos; y, terminadas desde hace tiempo las visitas casuales de
algún desinformado que durante los primeros días aún venía a buscarla,
nadie sube ya a este viejo piso, en el que me he quedado sola. No había
transcurrido más de una semana del entierro cuando también nuestra
única criada, empleada desde hacía poco, se despidió con una excusa
cualquiera, poco dispuesta a aguantar, imagino, el desierto y el
silencio de nuestras paredes, antes acostumbradas a la mundanidad y al
ruido. Y yo, aunque la herencia de mi protectora me permita vivir con
cierta holgura, no deseo disponer de nuevo personal. Así que, desde
hace varias semanas, vivo encerrada aquí dentro, sin ver un alma
viviente, excepto a la portera, encargada de traerme la compra, y a mí
misma, reflejada en los numerosos espejos de mi morada.
Algunas veces, mientras deambulo por las habitaciones sin nada
que hacer, mi reflejo sale al paso a traición; me sobresalto al ver
moverse una figura en estas fúnebres aguas solitarias y luego, cuando
me reconozco, permanezco inmóvil observándome, como si contemplase una
medusa. Miro a la grácil, nerviosa persona arrebujada en el vestido
rojizo de siempre -no me preocupo por llevar luto-, las trenzas negras
que coronan su cabeza recogidas en un peinado anticuado y negligente,
el rostro consumido, de piel un punto oscura, y los ojos grandes y
ardientes, como esperando siempre hechizos y apariciones. Y me
pregunto: «¿Quién es esta mujer? ¿Quién es esta Elisa?».
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