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Mentira y sortilegio

¿De qué habla Mentira y sortilegio? Quien lleva los hilos de la trama es Elisa, una mujer joven y huérfana, que vive rodeada de novelas de aventura y sagas trufadas de héroes y doncellas. Decidida a poner por escrito la historia de su familia, Elisa convierte a sus padres, a sus abuelos y finalmente a la mujer que la cuidó durante muchos años, en personajes de leyenda. Así, unos seres en realidad anodinos, patéticos incluso, se transforman en unos personajes dignos de mil locuras, y lo que podría ser una comedia costumbrista es una grandiosa tragedia. Elisa ya nos advierte en las primeras páginas de la novela: «Aunque ustedes, queridos lectores, encontrarán en estas líneas a más de un personaje contagiado por el morbo de la imaginación, sepan que ya han conocido al enfermo más grave, pues aquí me tienen: soy yo, Elisa.» Hija del desprecio, Elisa hereda de sus padres un enigma, y a ese enigma se añaden el miedo y la mentira, que fabrican amores apasionados, hijos ilegítimos y matrimonios infelices. Para comprender tanta locura, la joven fantasea, escribe y lleva al lector a una pequeña ciudad del sur de Italia a principios del siglo xx, un lugar y una época en que la libertad de las mujeres estaba en manos de padres, maridos y amantes. Historia inolvidable, Mentira y sortilegio es un clásico de la literatura universal que llega por primera vez a los lectores españoles.
El 18 de agosto de 2012 Elsa Morante cumpliría cien años. Ya se sabe que los muertos no hablan y peor se les da escribir... De ahí la idea de hablar en su nombre y rendirle un homenaje traduciendo Mentira y sortilegio, su primera gran novela, nunca publicada en castellano.
Historia espléndida y como llegada de otros tiempos, Mentira y sortilegio se publicó en Italia en 1948 y ganó el Premio Viareggio, sorprendiendo a la crítica y al público. La primera en maravillarse fue Natalia Ginzburg, que por aquel entonces trabajaba en la editorial Einaudi. Estas son sus palabras al evocar aquella época:
«En el 48, creo que era invierno, me llegó una carta de Elsa Morante. Me decía que acababa de terminar una novela y quería saber si podía mandármela. Yo vivía en Turín y trabajaba en la editorial Einaudi. Había conocido a Elsa Morante en Roma; no me acuerdo ya dónde, pero no habíamos hablado mucho. Me parecía haberle dicho que un cuento breve suyo, publicado en una revista pocos años antes, durante la guerra, me había gustado mucho. En cualquier caso, por lo que recuerdo, nos veíamos esporádicamente y no nos frecuentábamos. Yo era, sin embargo, la persona a la que conocía mejor en aquella editorial. Así fue como llegó a mis manos el original mecanografiado de Mentira y sortilegio.
Lo recibí por correo. Había correcciones hechas a mano, con tinta roja. Recuerdo lo sorprendida que me quedé cuando leí los títulos de los capítulos, porque me pareció una novela de otra época, y lo mucho que, al hojearlo, me intrigaron algunas palabras con la inicial en mayúscula: el Carapicada, el Primo.
El motivo por el cual Elsa había puesto toda su confianza en mí, sin conocerme bien, y en el servicio de correos italiano, lo ignoro, pero desde entonces siempre le estuve profundamente agradecida por habérmela mostrado.
Leí Mentira y sortilegio de un tirón y me gustó inmensamente. No estoy segura de haber tenido en aquel momento plena consciencia de su importancia y su esplendor. Solo sabía que me fascinaba y que hacía mucho tiempo que no leía nada que me diese tanta vida y felicidad. Fue para mí una aventura extraordinaria descubrir, entre los títulos de los capítulos que me habían parecido decimonónicos, el tiempo y las ciudades que nos pertenecían, y que poseían la intensidad desgarradora y dolorosa de nuestra existencia cotidiana; fue una gran emoción descubrir que era posible, en una época como la nuestra en que los libros eran enrevesados y avariciosos, dar al prójimo una obra tan generosa y luminosa. Quizá, en cierto modo, sí comprendí su grandeza.
Trabajaba en aquella editorial desde hacía poco, y por supuesto no tenía suficiente autoridad para decidir yo sola la publicación de un libro. Le pedí consejo a Pavese; creo que él no leyó entonces el manuscrito, pero consideró adecuado publicarlo.
Aquella misma primavera ya estaban listas las galeradas de Mentira y sortilegio, y Elsa vino a Turín a corregirlas. Vivía en un hotel cerca de la estación: un hotel no muy lejano de aquel donde, algunos años después, moriría Pavese. Yo tenía una copia y ella otra; me acuerdo que del cansancio, de la emoción y del miedo que les tenía a los errores de imprenta, le dio fiebre. Cuando se encontró mejor, solía salir por la tarde y sentarse en el café de un bulevar, a esperar que dejáramos el despacho y nos uniésemos a ella Pavese, Balbo, Calvino y yo. Ella y Pavese discutían por cualquier cosa, aunque sin acalorarse mucho. No estaban de acuerdo en nada, pero en sus peleas no había ninguna animadversión.
Elsa dijo más tarde que aquella temporada en Turín, pasado el sufrimiento de las galeradas, había sido para ella una temporada serena. Durante aquel verano, aprendí a amar las carcajadas de Elsa, agudas y cristalinas, su manera de sujetarse siempre el cabello con el fular, la boca grande y amarga, y las manos pequeñas y blancas; aprendí a temer sus cambios de humor, su cólera y sus juicios drásticos. Con ella me mostraba tímida al principio y también después, y no supe decirle sin reserva, ni entonces ni con el andar del tiempo, cuánta vida y cuánta alegría me regalaba todo lo que escribía y su presencia en este mundo.
He aquí los primeros recuerdos que tengo de Elsa. Son imágenes muy lejanas; desde entonces pasaron muchas cosas, a ella, a mí y al mundo entero, que fueron cubriendo aquellos días lejanos con una densa cortina de niebla, tierra y ceniza, así que, cuando intento evocarlos, me resulta difícil reunir los fragmentos, pues se mezclan con hechos y con palabras que pertenecen a una época más cercana, y me resulta difícil recuperar intacto su verdadero eco.
La agonía de Elsa duró muchos años y fue muy triste. Durante esos años yo quise volver a leer sus libros y no lograba hacerlo; no podía separar su obra de su enfermedad. Ahora he vuelto a leer Mentira y sortilegio. Y he vuelto a encontrar aquella extraña felicidad, la emoción que me sobrecogió cuando lo leí por primera vez.»
"Leí Mentira y sortilegio de un tirón y me gustó inmensamente... Hacía mucho tiempo que no leía nada que me diese tanta vida y felicidad". Natalia Ginzburg

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Una sepultada en vida y una mujer perdida.

Ya hace dos meses que mi madre adoptiva, mi única amiga y protectora, murió. Era apenas una niña cuando, huérfana de padre y madre, fui recogida y adoptada por ella; desde entonces -han pasado más de quince años-, siempre vivimos juntas.
     La funesta noticia ya se ha propagado por todo el círculo de sus conocidos; y, terminadas desde hace tiempo las visitas casuales de algún desinformado que durante los primeros días aún venía a buscarla, nadie sube ya a este viejo piso, en el que me he quedado sola. No había transcurrido más de una semana del entierro cuando también nuestra única criada, empleada desde hacía poco, se despidió con una excusa cualquiera, poco dispuesta a aguantar, imagino, el desierto y el silencio de nuestras paredes, antes acostumbradas a la mundanidad y al ruido. Y yo, aunque la herencia de mi protectora me permita vivir con cierta holgura, no deseo disponer de nuevo personal. Así que, desde hace varias semanas, vivo encerrada aquí dentro, sin ver un alma viviente, excepto a la portera, encargada de traerme la compra, y a mí misma, reflejada en los numerosos espejos de mi morada.
      Algunas veces, mientras deambulo por las habitaciones sin nada que hacer, mi reflejo sale al paso a traición; me sobresalto al ver moverse una figura en estas fúnebres aguas solitarias y luego, cuando me reconozco, permanezco inmóvil observándome, como si contemplase una medusa. Miro a la grácil, nerviosa persona arrebujada en el vestido rojizo de siempre -no me preocupo por llevar luto-, las trenzas negras que coronan su cabeza recogidas en un peinado anticuado y negligente, el rostro consumido, de piel un punto oscura, y los ojos grandes y ardientes, como esperando siempre hechizos y apariciones. Y me pregunto: «¿Quién es esta mujer? ¿Quién es esta Elisa?».

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