Con una prosa elegante y perturbadora, Temas lentos
traduce la curiosidad, las ideas fijas y la compulsión analítica de un
escritor capaz de descifrar con rigor tanto las obras de Borges,
Duchamp, Bolaño o Jean-Luc Godard como la noción del tiempo en la
ciudad de Brasilia, el placer de manejar autos alquilados o las
desdichas universales de las tardes de domingo. Escriba sobre los Screen Tests de
Andy Warhol o la forma en que su abuela alemana pronunciaba la palabra
"Europa", sobre Ricardo Piglia y la Historia o la peste de los teléfonos
celulares, sobre las formas de vida de los artistas
contemporáneos o el vello en las axilas de las mujeres, el autor de El
pasado destila posibilidades inesperadas de todos los temas que caen en
su mira. Así, una crítica de la película Melody se convierte en
un viaje al despertar sexual de toda una generación, y un diario de una
estadía en la universidad de Princeton en una radiografía feroz de la
idiosincrasia norteamericana.
Los textos de Temas lentos responden
a la actualidad, pero no la respetan ni obedecen. Lo que pretenden es
más ambicioso y también más pérfido: ralentarla, poner en evidencia lo
que ella misma no ve o desdeña, fascinada por su propio vértigo.
YO COMO ACTOR
No
soy actor. No podría serlo nunca. Nada me es más inaccesible que mi
propio cuerpo, no sé fingir (toda mi capacidad de fabular se la lleva la
literatura), no puedo hacer (manejar y hablar por teléfono) y mucho
menos ser (yo y el personaje) dos cosas a la vez. Tengo el umbral de
tolerancia al ridículo alarmantemente bajo, y ya bastante dejo que
desear cuando camino y como y hablo sin darme cuenta, en el teatro de la
vida cotidiana, para andar caminando, comiendo y hablando
deliberadamente, ante la mirada de los otros. De modo que todo lo que
diga aquí sobre "la experiencia de actuar" debe ser leído como dicho no
por un aspirante a actor, ni por un actor frustrado, ni por un actor
espontáneo, con fervor pero sin título habilitante, sino lisa y
llanamente por un impostor, una especie de etnógrafo que -como esos
periodistas intrépidos que viven dos meses con nombre falso, esquivando
fuegos cruzados y codeándose con dealers, químicos y zares de la
cocaína, para escribir una crónica del mundo narco- aceptó el
descabellado reto que le hicieron cuando lo invitaron a actuar en
algunas películas como quien acepta no un don (que sabe queno tiene)
sino un disfraz, el salvoconducto que le permitirá pasar una temporada
en una tribu que siempre le interesó -la tribu del cine en rodaje-, que
no pudo conocer como le hubiera gustado mientras tuvo alguna relación
con ella -crítico de cine, guionista- y de la que pensó en algún momento
que podría sacar algo útil y revelador para las ideas que se hace del
cine y, quién sabe, las que tiene de eso que, a falta de una expresión
mejor, más precisa, menos sentimental, llamamos la propia vida.
Boomerang
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