Dentro de la mejor tradición de la narrativa realista contemporánea (desde Alice Munro a Richard Yates), el autor regresa aquí al tono de sus mejores textos, como Agosto, octubre o La recta intención, pero en versión urbana, a la manera de un Dublineses revisitado.
Con este nuevo libro, pues, confirma su gran calidad literaria, que le ha valido tantos elogios: «Andrés Barba no necesita ayuda alguna. Tiene ya un mundo intencional perfectamente cerrado y una maestría impropia de su edad» (Mario Vargas Llosa); «Una mezcla de ternura y violencia que recuerda el mejor Jean Genet» (Edmund White); «Para mí Barba se ha vuelto un escritor imprescindible» (Rafael Chirbes); «Este escritor es un portento. Hay que leer a Andrés Barba» (Lola Beccaria); «Un nuevo grande de España, eso es todo» (Lire); «Barba ha entendido perfectamente la agresividad que a veces define nuestros encuentros románticos y la limpidez de su prosa es el vehículo perfecto» (Times Literary Supplement).
PATERNIDAD
Cuando
en alguna reunión la gente se ponía a hablar de su infancia él repetía
casi siempre la misma anécdota: el día en que su madre le llevó con
siete años a participar en el casting para niños del anuncio televisivo
de la Enciclopedia de Barrio Sésamo. Había sido un niño excepcionalmente
guapo y todavía, más de veinticinco años después, le asombraba ver
alguna de aquellas fotografías de su infancia y hasta le producía cierta
congoja, como si la belleza en un niño (y más aún en el niño que había
sido él mismo) fuera el signo premonitorio de algo temible. El atronador
orgullo
que había sentido su madre por la belleza de su niño había sido el generador de más de una docena de anécdotas risibles, y la del casting para el anuncio de la Enciclopedia de Barrio Sésamo tenía la cualidad además, para quien supiera verlo, de dejar entrever gran parte de su infancia. Le gustaba que fuera así. Cuando contaba la anécdota solía describir a las madres primero, y en cada una de ellas dejaba una pequeña nota o alguna característica peculiar de la suya. Engalanadas y pechugonas como gallinas, todas tenían algo de su madre en realidad: una se reía con unas carcajadas despreciativas y penetrantes, otra permanecía altiva y silenciosa, otra, más pragmática, charlaba tratando de ser amable y alababa la belleza del niño de enfrente para ganarse de inmediato a una interlocutora entregada, otra permanecía rígida y nerviosa, con su mano enorme y sudorosa en la suya. Continuaba la anécdota diciendo que durante las dos semanas anteriores él había estado enfermo del estómago y que de hecho seguía estándolo cuando fueron al casting. Dos semanas casi sin dejar de ir al baño le habían dado a su piel un tono amarillento y cetrino. De pequeño -seguía diciendo para que todo el mundo entendiera la anécdota-, tenía los ojos muy rasgados. Normalmente, tras el casting (en aquél habían tenido que cantar, en turnos de tres en tres, «De la A a la Z, ay qué diver es leer» frente a una mesa en la que había cinco personas tomando notas sobre un fondo general de abierta descortesía) los niños esperaban junto a unas madres, más nerviosas que nunca. En aquella ocasión él estaba seguro de que le iban a elegir porque cuando se disponía a salir había oído un comentario accidentalmente:
«El niño oriental es perfecto.»
que había sentido su madre por la belleza de su niño había sido el generador de más de una docena de anécdotas risibles, y la del casting para el anuncio de la Enciclopedia de Barrio Sésamo tenía la cualidad además, para quien supiera verlo, de dejar entrever gran parte de su infancia. Le gustaba que fuera así. Cuando contaba la anécdota solía describir a las madres primero, y en cada una de ellas dejaba una pequeña nota o alguna característica peculiar de la suya. Engalanadas y pechugonas como gallinas, todas tenían algo de su madre en realidad: una se reía con unas carcajadas despreciativas y penetrantes, otra permanecía altiva y silenciosa, otra, más pragmática, charlaba tratando de ser amable y alababa la belleza del niño de enfrente para ganarse de inmediato a una interlocutora entregada, otra permanecía rígida y nerviosa, con su mano enorme y sudorosa en la suya. Continuaba la anécdota diciendo que durante las dos semanas anteriores él había estado enfermo del estómago y que de hecho seguía estándolo cuando fueron al casting. Dos semanas casi sin dejar de ir al baño le habían dado a su piel un tono amarillento y cetrino. De pequeño -seguía diciendo para que todo el mundo entendiera la anécdota-, tenía los ojos muy rasgados. Normalmente, tras el casting (en aquél habían tenido que cantar, en turnos de tres en tres, «De la A a la Z, ay qué diver es leer» frente a una mesa en la que había cinco personas tomando notas sobre un fondo general de abierta descortesía) los niños esperaban junto a unas madres, más nerviosas que nunca. En aquella ocasión él estaba seguro de que le iban a elegir porque cuando se disponía a salir había oído un comentario accidentalmente:
«El niño oriental es perfecto.»
Boomerang
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