Galardonada
con el premio To Hell with Prizes 2010 y repleta de inesperados
hallazgos verbales, la primera novela de David Whitehouse constituye un
relato tragicómico y tierno, amargo pero esperanzado; una meditación en
torno a la complejidad de los lazos familiares, los inasumibles peajes
de la madurez y el amor y sus zonas de sombra.
«David
Whitehouse ha tomado lo que no sería más que un gancho argumental
efectista en manos de un escritor menos dotado -un romance que triangula
en torno a un postrado espectáculo mediático: el hombre más obeso del
mundo- y lo ha convertido, mediante una prosa lapidaria, en una
conmovedora meditación en torno al amor fraterno, tan singular como
universal.» Teddy Wayne
«Un gran talento para la descripción estrafalariamente inteligente. No hay duda de que el autor de Cama es un escritor a seguir.» The New York Times
1
Cuando duerme, suena como un cerdo hozando un montón de hollín en
busca de trufas. No puede decirse que sea exactamente un ronquido, más
bien se trata de un estertor. Por lo demás, es un amanecer silencioso;
es la mañana del Día Siete Mil Cuatrocientos Ochenta y Tres, según el
contador instalado en la pared.
Esta calma
solo se ve alterada por el ruido de un cuervo al estrellarse contra la
puerta del patio. El tremendo estrépito no consigue despertar a Mal, de
cuyo pecho continúan brotando poderosos bramidos que resuenan en mis
oídos como la conversación de sónar entre un delfín y un submarino.
Mal pesa casi seiscientos cuarenta kilos, o eso aventuran algunos. Eso
es mucho, es más de media tonelada. Su apariencia es la de esas ballenas
que habréis visto en fotografías, reventada después de quedar varadas
en la playa, desgarradas por la dilatación de gases internos, la espesa
capa de grasa alfombrando la arena. Ha ido creciendo e inflándose a todo
lo ancho de su camastro, formado por dos colchones de matrimonio y uno
individual. Su masa se ha extendido tanto desde el centro de su
esqueleto que parece un enorme edredón de carne. Le ha costado veinte
años alcanzar tal envergadura. Un bloque de carne picada del tamaño de
una camioneta embutida en un par de medias baratas, con capilares rotos
aquí y allá. La grasa ha conquistado las uñas de sus manos y de sus
pies, sus pezones se han estirado hasta adquirir el tamaño de la palma
de la mano de una mujer, y únicamente un elemento dotado de la tenacidad
de una miga de bizcocho se atrevería a navegar entre los pliegues de su
barriga. Ahora mismo debe de haber espacio ahí para alojar dos
pastelillos como mínimo. A lo largo de veinte años, Mal ha llegado a
convertirse en un planeta con sus propios territorios pendientes de
cartografiar. Nosotros -Lou, mamá, papá y yo- somos sus lunas, estamos
atrapados en su órbita.
Boomerang
Comentarios