Dicen que cuando uno se enfrenta cara a cara con la muerte algo cambia en su interior, como si la certeza del propio fin pusiera en marcha un mecanismo que acaba otorgando al ser humano una perspectiva distinta de las cosas. Sin embargo Christopher Hitchens no vivió ninguna epifanía. Hasta el último día siguió siendo el ateo deslenguado y escéptico que el mundo había conocido. Lo cuenta el propio Hitchens en Mortalidad (Debate, en traducción de Daniel Rodríguez Gascón), el libro en el que retrata su enfermedad, con luz y taquígrafos. Sin ahorrarse nada. La obra póstuma de este pensador y polemista recopila, con variaciones, los artículos que Hitchens publicó en la revista Vanity Fair desde el momento en que se le diagnosticó un cáncer hasta pocos días antes de su muerte, cuando ya había perdido la voz. “Aquella noche me desperté con la sensación de que estaba encadenado a un cadáver”, dice el británico, maestro de la prosa más descarnada, para describir el momento, a...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción