Leo desde hace décadas a Alan Finkielkraut , le he acompañado en algunos espacios públicos y padecemos más o menos la misma edad, con ventaja por su parte. Nunca he considerado una pérdida de tiempo seguir sus razonamientos, los compartiese o no, lo cual ya es más de lo que puedo decir de la mayoría de mis colegas de oficio. Y por supuesto he aprendido no poco de él. De modo que ahora, ante su último libro La identidad desdichada (Alianza), las declaraciones polémicas que lo rodean y los anatemas que lo han fulminado, me siento “con el corasón partío”, como dice la copla. El libro es un lamento sobre una cierta identidad francesa que se va perdiendo por falta no se sabe muy bien de quién ni de qué: por desidia, por deseo de tratar al que llega de fuera mejor que al que siempre estuvo aquí, por vergüenza de lo propio ante exotismos prestigiosos sólo por ser diferentes. Tampoco la identidad francesa cuya pérdida se deplora tiene perfiles demasiado claros. Uno de los...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción