El uso de las palabras para expresar nuestra necesidad, como ese estado de cosas necesario si no puede ser de un modo distinto del que es, nos proporciona las cuerdas vocales que al silencio le hace falta. Cuando la palabra se revierte de acción deja en si un despojo, un esqueleto, la carcasa que subyace en el silencio en cumplimiento de establecer una diferenciación entre lo físico que esta por expresarse a través de las cuerdas y lo subjetivo que dormita en nuestro fuero. Esa gran afirmación que expresa Nietzsche en el Zaratustra, palabras tan concluyentes que crean mareas irresistibles a la vigencia de las ideas que volantean en nuestra cabeza “Son las más silenciosas palabras las que provocan la tempestad”. La instrumentalización de la palabra en tal sentido, nos hace encauzarnos en la protección de cuidarnos de las palabras mansas, porque de las bravas conocemos su letalidad dardiana, su totoxidad, su agilidad y habilidad de escurrirse en nuestros oídos, pero con ...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción