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Mostrando las entradas etiquetadas como Raymond Queneau

Los últimos días

«Así vivía esa vida mediocre, persuadido de que dicho instante llegaría; y cuando tomaba conciencia de esta esperanza, se insultaba por aquel repugnante optimismo, pues el pesimismo le parecía, después de todo, la única concepción aceptable de la vida y la única acorde con la realidad. Él profesaba la fe del pesimismo.» En el París del Barrio Latino, la Sorbona y los cafés, jóvenes y mayores creen burlar el paso del tiempo conversando de filosofía y literatura. Y justamente el tiempo es el verdadero protagonista de esta novela, entendido no solo como un retorno cíclico y alterno de las estaciones, sino también como el único e ineludible medio con el que el hombre se entrega a la vejez y la muerte. Los últimos días  es una obra de construcción perfecta, en la cual desfilan las historias de algunos parisinos que se cruzan sin una finalidad aparente: los estudiantes con sus esperanzas, los ancianos que frecuentan el café Soufflet, el poeta-filósofo Tuquedenne y sus amigos, y A...

Divinas palabras

El panorama editorial engrosa su catálogo con la publicación de títulos de Raymond Queneau, Daphne du Maurier, Norman Mailer y T.S. Eliot. Pese al prestigio que rodea su nombre, bien que acompañado de la ambigua etiqueta de autor de culto, Raymond Queneau no ha tenido demasiada fortuna editorial entre nosotros. En los últimos años, sin embargo, como ha ocurrido con su compañero de batallas experimentales Georges Perec , varios de los libros del narrador y poeta francés han salido al encuentro de los lectores más osados, que pueden encontrar en la obra de Queneau a uno de los más genuinos exponentes de una forma lúdica y libérrima de entender la literatura. Por ceñirnos ahora a su obra narrativa, Seix Barral ha recuperado las novelas Siempre somos demasiado buenos con las mujeres (1947), atribuida por el autor a la ficticia escritora irlandesa Sally Mara , Las flores azules (1965) y el divertimento inacabado Hazard y Fissile , que permaneció inédito hasta 2008. Por su parte,...

Una máquina de hacer poemas

Fruto de un maridaje entre matemáticas y literatura, Cien mil millones de poemas es, a un tiempo, un homenaje a Raymond Queneau y una máquina de hacer sonetos para cuya lectura nos harían falta más vidas de las que cabe imaginar. En 1960, un grupo de autores franceses fundó OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle), taller de escritura que pretendía aplicar limitaciones forzadas y leyes matemáticas para conseguir una literatura en la dirección del surrealismo, aunque en sentido contrario: frente a la religión del azar, el álgebra de las combinaciones y permutaciones, las retrogresiones y fugas. Cabeza visible de aquel taller que no creía en la visita de las musas fue Raymond Queneau (1903-1976), ilustre miembro del Colegio de Patafísica, quien llevaba usando esos procedimientos por lo menos desde 1947, con Exercices de style (Ejercicios de estilo). Solo un año después de la fundación de OuLiPo, Queneau publicó diez sonetos con el título de Cent mille milliards de poèmes ...

Millones y millones de poemas

Un libro homenaje al escritor francés Raymond Queneau hecho de páginas cortadas a tiras con un verso en cada una permite crear miles de combinaciones poética. ¿Cuántos poemas caben en un libro de poemas? Es difícil estimar la cifra, pero seguro que este es el libro de poemas que más poemas contiene: 10 elevado a 14 poemas, es decir, un uno seguido de 14 ceros, es decir, cien billones de poemas. Aún así, queda más bonito decir Cien mil millones de poemas (quitando tres ceros, dividiendo entre mil), y es así como ha titulado la editorial Demipage su homenaje al escritor francés Raymond Queneau y la celebración del 50 aniversario de su Cent mille milliards de poèmes , publicado en 1961, que contiene el mismo número de poemas, escritos por el propio Queneau. El original de Queneau contenía 10 sonetos de 14 versos cada uno, pero (atención porque aquí está el truco) cada página venía troquelada, cortada a tiras con un verso en cada una, de modo que el lector podía juntar el primer...