L a muerte de Marcel Reich-Ranicki certifica todavía más la defunción de una figura que hacía ya tiempo que pertenecía al pasado. La muerte de Marcel Reich-Ranicki certifica todavía más la defunción de una figura que hacía ya tiempo que pertenecía al pasado: la del crítico casi universalmente respetado en su ámbito de influencia, la del discernidor máximo, o, como la llamé hace muchos años, la del “árbitro” literario. Este último término es adecuado porque había algo de arbitrario, por fuerza, en los juicios de estos individuos. Sólo que, a diferencia de tantos otros que hoy ejercen su profesión (y nadie les hace caso), argumentaban sólidamente los porqués de sus entusiasmos o de sus denuestos. Podía estarse o no de acuerdo con tales argumentaciones, pero nunca faltaban, las había siempre: el crítico no se limitaba a exclamar: “Esto no me llega”, o “Esto no me lo creo”, o “Siento un nudo en la garganta y me emociono”, fórmulas con las que hoy despachan a...
La lectura, una orgía perfecta entre realidad y ficción