"Alicia Plante propone
en "Una mancha más" un juego deductivo que, a poco de entrarle a su
historia, deja de serlo. Porque la trama que despliega supera los
límites de la novela policial clásica y, de pronto, cuando el lector
menos se lo espera, se encuentra atrapado en una intriga donde los
escenarios de lo cotidiano, los gestos de la rutina, todo aquello que
parece reconocible a primera vista se vuelve enigma y entonces surge,
con violencia subterránea, densa, la tragedia de los chicos apropiados
por la última dictadura."
"Como
una novela policiaco-deductiva con resonancias de Walsh se presenta esta
obra de Alicia Plante, cuya peripecia gira en torno al robo de bebés
... en la Argentina de Videla [...] Solo los mecanismos inescrutables
del mercado editorial pueden hacer que se desatienda una obra tan
importante como ésta". Ernesto Calabuig. El Cultural. Madrid
"Alicia
Plante tejió una implacable trama de policial negro ambientado
alrededor de un eje tan traumático como actual: la apropiación de bebés
bajo la dictadura." Fernando Bogado :: Página/12 :: Buenos Aires
1
Desde la otra punta de la sala el gallego lo miraba fijo. Giró
ostensiblemente la cabeza, descruzó y volvió a cruzar las piernas y lo
miró nuevamente: sí, no cabía duda, por algún motivo el gallego lo
estaba observando. Ese rincón de la sala estaba medio en sombras, en
cambio a Daniel y a él les caía encima un chorro de luz que entraba por
la banderola de la puerta de calle y los aislaba un poco, seguramente
por eso no lo había notado. Pero ¿desde cuándo venía mirándolo así, de
ese modo tan raro, y por qué? Notó que una vieja con cara de parien te
se había sentado en el sofá junto al gallego y se inclinaba hacia
adelante mientras le hablaba bajito, posible men te sospechando que
García Mejuto no la escuchaba. Y algo debió sentir él, alguna onda le
habían mandado aquellos ojos intensos, entrece rrados como para
calcularle el bolsillo, porque de golpe había girado la cabeza justo en
su dirección. Era extraño, pensó, que lo observara de aquel modo, el
gallego más bien lo había ignorado siempre, y encima hoy tenía la casa
llena de gente con la que no debía verse nunca. Los velorios siempre
terminaban siendo un último gesto simpá tico del muerto, este prestarse
como excusa para que las per sonas se defen dieran del miedo a la
muerte hablando de tonterías. No se había acercado al cajón, a él no le
daba miedo pero sí un desasosiego que no se había modificado nunca.
Además, la gallega había sido siempre una mujer notablemente fea y
seguro que la muerte no la favorecía. Y él, para espectáculos poco
atractivos, tenía suficiente con el espejo del baño cada mañana.
Desvió la mirada y volvió a enfocar a Daniel: la verdad era que se lo
veía muy apenado por la muerte de la madre. Lo recor daba con nitidez
peda lean do en su triciclo por la cuadra de enfren te, el cuerpo echado
adelante sobre el manubrio como si le jugara una carrera a la vida.
Cuando él cruzaba a tomar el colecti vo que lo llevaba al colegio
secunda rio a veces lo hacía reír simulando que temía ser atropella do
por algo enorme.
Boomerang
Comentarios