Gracias a una prosa que no
teme a la convulsa belleza que André Breton reclamaba, Diamela Eltit
arma un relato de una efectividad impresionante: una suerte de obituario
definitivo para una experiencia compartida, un fracaso en el que
cohabitó toda una generación que creyó en un proyecto social y
revolucionario luego frustrado.
La lectura de Jamás el fuego nunca supondrá, para cualquier lector, una experiencia literaria de primer orden.
«Pertenezco
al conjunto de escritores chilenos que vivió en el país durante toda la
dictadura de Pinochet y como una acción de salvataje cultural
constituimos el "inxilio" o exilio interior. A lo largo de los años -más
de 30- pasamos desde la violencia como situación cotidiana a la
violencia del mercado producida por un neoliberalismo verdaderamente
intensificado. (...) Aunque no ha sido simple ni, menos, fácil, se
escribe. Y eso es importante o apasionante o estimulante. Se escribe
porque sí o porque no. No importa. La letra fluye entre los enconos o
los rencores o los amores y, fundamentalmente, a través de los pliegues y
repliegues de la imperfecta e incesante historia.»
PÁGINAS DEL LIBRO
Jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto.
CÉSAR VALLEJO
jugó mejor su rol de frío muerto.
CÉSAR VALLEJO
Estamos echados en la cama, entregados a la legitimidad de un
descanso que nos merecemos. Estamos, sí, echados en la noche,
compartiendo. Siento tu cuerpo doblado contra mi espalda doblada.
Perfectos. La curva es la forma que mejor nos acomoda porque podemos
armonizar y deshacer nuestras diferencias. Mi estatura y la tuya, el
peso, la distribución de los huesos, las bocas. La almohada sostiene
equilibradamente nuestras cabezas, separa las respiraciones. Toso.
Levanto la cabeza de la almohada y apoyo el codo en la cama para toser
tranquila. Te molesta y hasta cierto punto te preocupa mi tos. Siempre.
Te mueves para señalarme que estás ahí y que me he excedido. Pero ahora
duermes mientras yo mantengo ritualmente mi vigilia y mi ahogo. Tendré
que decirte, mañana, sí, mañana mismo que habré de racionar tus
cigarrillos, llevarlos al mínimo o definitivamente dejar de
comprarlos. No nos alcanza. Apretarás las mandíbulas y cerrarás los ojos
cuando me escuches y no me vas a contestar, lo sé. Permanecerás
impávido como si mis palabras no tuvieran el menor asidero y siguiera
allí íntegra la cajetilla que compro fielmente para ti.
Te gusta, te importa, necesitas fumar, lo sé, pero ya no puedes, no
puedo, no quiero. Ya no. Pensarás, lo sé, en cuánto te has sostenido en
los cigarrillos que sistemáticamente consumes. Ha sido así, pero ya no
es necesario.
Boomerang
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