COMIENZO DEL LIBRO
Una
mujer ocupó el banquillo de los acusados. Pese a su palidez y su
aspecto angustiado y exhausto, aún era hermosa. Las lágrimas le habían
ajado los delicados párpados y sus labios esbozaban una mueca cansada,
pero parecía joven. Un sombrero negro le ocultaba el pelo.
Se
llevó las manos al cuello mecánicamente, buscando sin duda el largo
collar de perlas que solía adornarlo, pero lo tenía desnudo. Las manos
dudaron, los dedos se cerraron lenta y lastimosamente. El numeroso
público que seguía con la mirada todos sus movimientos dejó escapar un
murmullo sordo.
-Los miembros del jurado quieren verle la cara- dijo el presidente del tribunal-. Quítese el sombrero.
La mujer obedeció y, una vez más, todos los ojos se posaron en sus desnudas manos, pequeñas y perfectas. Su doncella, sentada con los testigos en la primera fila, hizo un movimiento involuntario, como si quisiera acudir en su ayuda, pero, tomando azorada conciencia de la situación, enrojeció.
-Los miembros del jurado quieren verle la cara- dijo el presidente del tribunal-. Quítese el sombrero.
La mujer obedeció y, una vez más, todos los ojos se posaron en sus desnudas manos, pequeñas y perfectas. Su doncella, sentada con los testigos en la primera fila, hizo un movimiento involuntario, como si quisiera acudir en su ayuda, pero, tomando azorada conciencia de la situación, enrojeció.
El País
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