“El mundo es muy raro, y los momentos que vivimos ahora lo
demuestran: estoy fascinado con la historia fantástica de Bankia, en la
que cada día hay una vuelta de tuerca. Parece que los seres humanos no
tenemos nada que ver con Bankia, en donde lo que ocurre es un hecho
mágico, en el que no hay responsabilidades”, dice Merino en su casa
madrileña. “Yo intento encontrar lo raro desde esa perspectiva de la
imaginación fantástica. No soy metafísico, pero sí veo las cosas
extrañas de la vida, de los comportamientos”. Con más de un centenar de
relatos cortos en su currículo –a los que hay que añadir novelas para
adultos, jóvenes y niños, varias novelas cortas, ensayos, poemarios y un
par de memorias- esta compilación, realizada por el editor, se revela
“significativa” de su obra, según asegura el autor (La Coruña, 1941).
“No sé si yo sería capaz de hacer una antología. ¿Cómo elegir?”.
Al igual que no se ve con voluntad de seleccionar entre su
producción, tampoco se decide por ninguno de los géneros. “La literatura
proporciona una forma de ver y descifrar el mundo a la que llegas por
muchas vías”, reflexiona. “Pero la literatura es una”. De su fértil
talento para engendrar relatos, asegura que estos son “iluminaciones”.
“O lo ves, o no lo ves. No tiene por qué venir de los sublime, también
puede venir de lo más deleznable. En cambio, una novela es un proyecto
de exploración. No sabes cómo, pero el cuento se enciende: no se puede
alargar para convertirlo en una novela, sino que tiene una peculiaridad,
que es donde reside su encanto, y es que lo descubres como un poema”.
-¿Y que hay de los microrrelatos?
-Hay gente que los desdeña, pero es como si un pintor desdeñase el
soporte de óleo o el soporte de madera. En ellos puede haber cosas
estupendas o cosas deleznables, exactamente igual que en la novela. Para
mí, como escritor, lo que aporta es que puedes decir cosas que no
podrías decir de otra manera.
-¿Son estos capaces de satisfacer el hambre literaria?
-Sería absurdo comparar un minicuento con Ana Karénina, pero
son sabores que pueden resultar más intensos, pueden dar un matiz
diferente. El problema es que no puedes leer demasiados minicuentos
seguidos, porque te empachan. Pero pueden despertar ideas interesantes y
divertirte mucho.
-¿Por ejemplo?
-En cinco o diez líneas puedo imaginar que nuestro universo es un
café que alguien se va a tomar. El minicuento ha ido acortando las
distancias para sintetizar de un modo expresivo lo que sigue siendo una
idea narrativa.
Entre gallego y leonés, el prolífico imaginario de Merino quizá se
asentara en su infancia, bajo el efluvio de leyendas de meigas y almas
en pena. “Escuché historias así en Galicia y en León. Recuerdo de niño
cómo en algunos sitios se dejaban las chimeneas encendidas en la noche
de ánimas para que vinieran a calentarse los muertos. Puede que eso haya
influido, aunque desde luego mi gusto por lo fantástico ha sido
literario: de niño fui lector de Hoffmann, de Poe, de Bécquer... Siempre
me ha gustado ver la realidad a través de ese prisma tan literario que
es lo fantástico”.
En su rutina semanal de escritura y lectura –“me gusta estar al tanto
de las novedades”, dice señalando entre la montaña de libros que puebla
su despacho las últimas publicaciones de Clara Sánchez y Fernando
Aramburu-, Merino dedica fielmente cada jueves, día en que se reúnen los
Académicos de la lengua, al estudio del léxico. “Lo que hacemos es ver
cómo pasa el tiempo y las palabras ya no significan lo mismo. Las
palabras se mueven, tienen vida propia”. Y la conclusión de sus
observaciones es que el español, a pesar de las distancias geográficas
que lo separan de sí mismo, continúa siendo eso: el español. “Tiene una
unidad envidiable”, asegura. En el lado negativo, los tiempos que corren
ponen en peligro la pervivencia del vocabulario. “Los jóvenes piensan
que lo bueno es tener un código lingüístico reducido, que si puedes
decir mucho con pocas palabras, mejor. Y eso no es ir por el buen
camino. Ahora usan los mismos términos con significados múltiples, y eso
les hace más indefensos”.
El País
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