El espíritu de Marco Aurelio
–Me
he dado cuenta de que nunca lograremos erradicar de la historia el mal
que unos hombres hacen a otros hombres. A pesar del trauma de Auschwitz,
los genocidios y los crímenes contra la humanidad, han continuado en el
gulag estalinista, en Biafra, en Ruanda, en Bosnia y los que todavía
quedan por llegar, tal y como se percibe a partir del odio que va
sembrando el terrorismo fundamentalista.
-Perdón, pero me parece usted muy pesimista.
-No soy pesimista, solo realista.
-¿Es que no cree en la intervención de las instituciones internacionales para defender los derechos humanos?
–Ya me gustaría, desde luego, pero el mal político tiene excesiva fantasía y reaparece una y otra vez en formas nuevas.
–Entonces, ¿no hay sitio para la esperanza en un mundo diferente? –
Algún
consuelo nos queda: siempre podemos contar con la obra de los justos
que en cualquier época tienen el valor de enfrentarse al mal y salvan
siempre al mundo.
–Pero ¿no es eso demasiado poco?
–Mire,
esos hombres que he querido premiar por su valor durante la Shoah, en
cualquier caso, lo que nos han demostrado es que un mal absoluto jamás
vence del todo. De otra manera la humanidad ya habría sido aniquilada.
Sus luces desmienten que el mal pueda triunfar en la vida.
Desgraciadamente, esas luces son siempre escasas. Esa es la
contradicción.
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