El rey de Noruega
Teníamos en el kibutz Yikhat a un hombre, Zvi Provizor, un soltero
bajito de unos cincuenta y cinco años con un tic en los ojos, al que le
gustaba dar malas noticias: temblores de tierra, aviones estrellados,
derrumbes de edificios con víctimas mortales, incendios e inundaciones.
Por la mañana temprano, antes que nadie, leía el periódico y escuchaba
todos los boletines de noticias para poder presentarse en el comedor e
impresionarte con doscientos cincuenta mineros atrapados sin esperanza
dentro de una mina de carbón en China o con un transbordador que había
volcado y se había hundido con sus seiscientos pasajeros durante una
tormenta en el mar Caribe. También se afanaba en memorizar las esquelas.
Se enteraba antes que nadie del fallecimiento de personas de renombre e
informaba a todo el kibutz. Una mañana me paró delante del ambulatorio:
-¿Conoces a un escritor llamado Wislavsky?
-Sí. Lo conozco. ¿Por qué?
-Ha muerto.
-Lamento oír eso.
-También los escritores mueren.
Y en otra ocasión me pilló durante mi turno de trabajo en el comedor:
-He visto en una esquela que tu abuelo ha fallecido.
-Sí.
-Y hace tres años también se te murió un abuelo.
-Sí.
-Entonces, este era el último.
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