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Un genio crepuscular

Anagrama recupera una de las últimas novelas de Nabokov, más volcada en el lenguaje que en la narración y en la que el escritor reflexionaba sobre cómo la memoria y el pasado configuran el presente.

Publicada en 1972, cinco años antes de la muerte de Nabokov, Cosas transparentes fue la penúltima de las obras entregadas a la imprenta por el gran escritor rusoamericano, que aún publicaría la postrera ¡Mira a los arlequines! (1974) y dejaría inconclusa El original de Laura, dada a conocer póstumamente (2009) pese al deseo expreso del autor, que ordenó fuera destruida. Se ha dicho de estas últimas novelas que reúnen todos los temas y obsesiones de Nabokov como en una suerte de recuento, el erotismo, la muerte o la pasión por las nínfulas, el placer estético o la inquisición filológica, el pasado, la memoria y la forma en que esta configura el presente. Cosas transparentes es una novela extraña que por momentos bordea el capricho o la autoparodia, pero no deja de mostrar las excelentes cualidades por las que Nabokov -aunque también tenga detractores, o bien lectores que no han llegado a apreciar una obra en efecto peculiar e indudablemente artificiosa- sigue siendo con razón considerado uno de los maestros de la novela contemporánea. La calidad lírica de la prosa, la autoconciencia del narrador, la precisión entomológica de la mirada, la atención extremada a los detalles, el modo como azaroso pero minuciosamente calculado en que va ofreciendo datos reveladores de sus personajes, una refinada ironía que a menudo deviene sarcasmo despiadado o ese modo característico de exprimir el lenguaje hasta extraer de él todos los matices posibles, tales son las razones que aconsejan la lectura de una novela que ya fue publicada por Versal a mediados de los ochenta y acaba de ser recuperada por Anagrama en la misma traducción de Jordi Fibla.

"¡Cosas transparentes, a través de las cuales brilla el pasado!" Ya desde el título, la novela desarrolla la idea de que bajo la superficie, en sucesivas capas, se oculta el sentido. En relación con el tiempo, el reto de descifrarlo -la "translucidez"- equivale a penetrar esas capas o momentos pretéritos que han conformado la realidad como la conocemos, pues el futuro "no es más que una figura retórica, un espectro del pensamiento". Así expresado suena -del mismo modo que en la novela- retórico y algo abstruso, pero a Nabokov no le interesa demasiado la filosofía si no es para caricaturizarla, como hace también con el psicoanálisis, y para ello se limita a elegir una víctima. Pocos protagonistas habrá en la narrativa contemporánea que hayan sido tan maltratados por sus creadores como Hugh Person a manos de Nabokov. "Larguirucho y melancólico", Person es un ser irreparablemente vulgar, un "antropoide singularmente inepto" que ejerce como corrector de pruebas y adulador de los autores de la casa en una importante editorial norteamericana que ocasionalmente le encarga la tarea de visitar a algunos de esos autores, con la poco grata tarea de discutir o reelaborar aspectos referidos a sus originales. A lo largo de Cosas transparentes, los demás personajes -que también reciben lo suyo- se complacen en humillarlo, pero es el propio narrador el que se lleva la palma. Hay algo sádico en la exquisita crueldad con la que Nabokov se ensaña con sus criaturas, pero logra hacerlo de un modo tan cómico que no despierta rechazo e incluso logra la complicidad del lector, como ese niño inteligente pero gamberro al que se disculpan las trastadas que en otros resultarían imperdonables.

No es fácil, pese a su brevedad, resumir la trama de la novela, por lo demás muy tenue y menos volcada en la narración que en el lenguaje. El marco espacial del relato lo aportan cuatro viajes de Person a Suiza, en el curso de los cuales recoge el cadáver de su padre, trata con el inefable señor R. -escritor prestigioso, pero decadente- y conoce a varias jóvenes de las que se enamora, una de las cuales se convertirá en su esposa. Hay la obsesión por una muchacha y un escabroso asesinato y estancias de años en cárceles o manicomios, penosas excursiones en la nieve y torpes o extrañas escenas de sexo, sueños, recuerdos e insomnios -o episodios de sonambulismo- que se sobreponen al presente y acaban por devorarlo, como si la realidad fuera una sucesión de veladuras que sólo se ilumina al contacto con la memoria.

El Nabokov declinante parece instalado en la melancolía, pero a la vez ha redoblado su proverbial capacidad para la caricatura. Tampoco ha perdido ambición, como demuestra la elección de una forma de contar en la que se suceden las voces y el propio narrador -que bromea a propósito de su omnisciencia- interpela al infortunado Hugh o extrae de sus desventuras burlonas consideraciones existenciales. Sigue siendo un maestro de la descripción y parece habitado por fantasmas de otro tiempo, o acaso piensa -desde el nihilismo- en la proximidad de la muerte, en la manera en que las obras que ha dejado permitirán recomponer su trayectoria. Debe apuntarse, por último, a la presencia de pasajes y alusiones que vuelven sobre la vieja fijación erótica del autor con las adolescentes, que no desempeñan un papel principal en la novela pero ponen de relieve que su interés por el tema no se limita a El hechicero o Lolita. Refiriéndose a este asunto, con su contundencia y lucidez acostumbradas, ha dictaminado Martin Amis: "La plaga de ninfas en Nabokov, imposible de ignorar, no es un tema de moral sino de estética. Simplemente, hay demasiadas".

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