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Un blues mestizo

Una historia fascinante sobre la verdad y la traición. Una novela brillante y ágil." The Times

"Una potente mezcla de emociones... Escritura magnífica, sutil caracterización de personajes y un retrato muy convincente del lugar y la época en este atractivo trabajo que recuerda al primer V. S. Naipaul."
The Guardian

Estamos en Paris en 1940. Los nazis, que acaban de invadir la ciudad, detienen en un café a un extraordinario trompetista de jazz. Nunca más se supo de él. Se llamaba Jerónimo, tenía veinte años y era ciudadano alemán de raza negra. Cincuenta años después, Sidney Griffiths, miembro de su grupo de jazz y el único testigo que lo acompañaba, todavía se niega a hablar de aquella noche. Chip Jones, otro compañero de la banda, visita a Sid y le cuenta que ha recibido una extraña carta. A partir de ese momento, Sid empieza un intenso viaje hacia la redención.


PÁGINAS DEL LIBRO
Chip nos advirtió que no saliéramos. Dijo: «Tíos, no tentéis al diablo». Pero la juerga de la noche anterior había sido fina, vamos, que no nos habíamos sacudido todavía la borrachera de garrafón. La cuestión es que era barato, el garrafón, la bebida de los campesinos franceses, pero se te agarraba a las tripas como si tuviera uñas. Musgoso y oscuro, dentro de la botella ni siquiera parecía whisky; era más bien como beber agua de un pantano.

     Así que estábamos exhaustos, tirados en el apartamento, con sábanas clavadas tapando las ventanas. Pero el sol pegaba con tal furia que se colaba por los resquicios y nos envolvía la piel como una tela. Hasta un par de horas antes habíamos estado tocando en un estudio perdido intentando grabar un disco. Un cuartucho de mala muerte que parecía más el armario de los fantasmas que un sitio para tocar, con radiadores descascarillados que gorjeaban vapor y botellas vacías rodando por el suelo combado. Las brasas de nuestros cigarrillos brillaban como pequeños agujeros en la oscuridad, por eso sé que íbamos ciegos, aunque el humo de Hiero ni siquiera se movía. Sostenía el cigarro entre los labios como si no lograra escucharse bien al tocar. No hacíamos más que dar vueltas por la habitación, atentos a las ratas que arañaban la pared, más nerviosos que todas las cosas. Es posible que no estuviéramos tan puestos, pero yo por lo menos me notaba hasta arriba. Demasiado nervioso, demasiado cargado, demasiado pendiente de la puerta. Ni el whisky ni el estar encerrados en el estudio, nada podía sacarme de mí mismo. Toma tras toma tocaba sin parar hasta el final, para que luego Hiero arañara el disco y lo tirara a la basura.

     -Una colección de putas equivocaciones -murmuraba una y otra vez-. Una colección de putas equivocaciones.

     -Sonamos como la realeza -dijo Chip-. Eso sí, después de pasar por las manos del populacho.

Boomerang

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