Jean
Forton (Burdeos, 1930-1982) nació veterano, murió joven y pudo haber
sido famoso, pero eso ya no pasó. Nunca fue sobrevalorado, y la misma
industria de los primeros que antes lo había encumbrado acabó
desechándolo, olvidándolo. Dejó de escribir, o empezó a hacerlo en
secreto, se convirtió en un librero misántropo y dedicó los días que le
quedaban a vender códigos civiles a estudiantes universitarios. Mejor
eso que suscribir el gusto literario oficial de la época.
Ceniza en los ojos
(1957) es, según la opinión popular, su mejor novela. Y también la más
contemporánea. Quizá por su desencanto y su pesimismo, por el humor
despiadado, porque Forton parece estar de vuelta de todo.
COMIENZO DEL LIBRO
Al
fin ya me he instalado. La cosa ha tenido su complicación. La mudanza
me ha llevado dos largos días. No me gustan esas horas de fiebre, esa
atmósfera de provisionalidad y de incomodidad que envenena una
habitación nueva. Los objetos se extravían. Uno no sabe dónde sentarse.
Cualquier tontería te enerva, un ruido insólito, un clavo al que te
agarras. Durante mucho rato he dado vueltas y más vueltas sobre mí
mismo, como un perro que no tiene donde caerse muerto. Ahora todo está
arreglado, he deshecho las maletas y he ordenado los libros. Respiro.
Puedo retomar la pluma y garabatear durante horas en este cuaderno. Me
reencuentro, a mí mismo, y nada más que a mí, cara a cara con esta
soledad que he echado tanto en falta en los últimos dos días, como si
fuera una droga de la que estuviera intoxicado.
Una vez más, me encuentro frente a uno de esos grandes cuadernos de
escolar que le compro a la señora Ducasse. Un gran cuaderno de cubiertas
verdes, de al menos doscientas páginas. Y virgen. Hay que festejar bien
esta nueva vida que empieza. Las hojas aún conservan la apariencia
húmeda y gris del papel demasiado nuevo. Ya me encargaré de
ennegrecerlas. Mi vicio: garabatear el papel, surcarlo. Contarme.
Apuntar día tras día los hechos más ínfimos de mi vida.
Boomerang
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