Las sillas volaron ayer en la feria del libro de A Coruña. A las ocho
en punto, algo más de medio centenar de personas esperaban sentadas a
que Rivas se arrancase a leer fragmentos de dos de sus títulos más
recientes, la novela Todo é silencio y la colección de cuentos O máis estraño,
y sirviese al menos un aperitivo de lo que está por venir. Otras 30
escuchaban de pie al fondo de la carpa. Todas se llevaron una edición
del que será el capítulo cuarto, A guerra, a vaca e o primeiro avión.
La fotografía que ilustra la separata, rescatada de su álbum
familiar, delata el caladero del proyecto: la memoria. “El libro empieza
con el primer miedo y acaba cuando nace ese personaje que yo llamo, con
ironía, el meritorio”, revelaba el autor poco antes de iniciar el acto,
conducido por el editor Manuel Bragado. “Cuando conseguí cumplir al fin
la encomienda de mi madre de encontrar un trabajo en el que no mojarse,
el periodismo, empecé a sentirme a la vez a la intemperie”.
El primer miedo apareció una tarde cualquiera en un Monte Alto que ya
no existe en A Coruña. Entonces la calle Marola se abría a la Torre de
Hércules. Aún no la había sellado, escribe ahora aquel niño asustado,
“la violencia catrastral”. Rivas no tendría más de dos años. Su hermana
María, apenas uno más. Él insistía en pasear una cucaracha en su camión
de juguete y ella miraba. Cuando su madre llegó, algo más tarde, se los
encontró abrazados en el baño con la puerta cerrada, aterrorizados. Al
asomarse a la ventana, seducidos por la algarabía, se habían dado de
bruces con la imagen misma del horror: dos cabezudos disfrazados de
Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.
Con este episodio de su infancia comenzó el autor de Un millón de vacas, en abril de 2010, una serie de artículos en el suplemento Luces de EL PAÍS titulada Storyboard.
Se trataba de enhebrar voces y lugares en una especie de
“psicogeografía íntima”. Al cabo de siete meses y otras 15 entregas, la
dio por cerrada con el recuerdo de la muerte de sus padres y la
prematura desaparición de su hermana. Aquel adiós provisional lo tituló,
por ella, O sorriso da moza anarquista. A su manera, acaba de completar un primer ensayo. “Cuando la memoria fermenta”, dice, “es posible la literatura”.
“En aquella experiencia aprendí los pasos”, confiesa el escritor. “Me
inicié en ese andar vagabundo de la memoria, pero aquello era un
manantial y esto es un río”. El cauce, al final, se deja ir hasta las
200 páginas, añade seis nuevos capítulos y reescribe todo lo anterior a
merced de la “intermitencia” de la corriente. “Quien escribe se va
reconociendo en lo que encuentra, en las voces que escucha”, pronostica.
“El yo se va transformando en un nosotros que habla en presente
recordado”.
El País
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