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La edad de los prodigios

Terror y belleza en la ciencia del Romanticismo 
La crónica torrencial y apasionada de una época en que los poetas miraban a las estrellas y los científicos soñaban con cambiar el mundo. Una época de descubrimientos asombrosos, viajes iniciáticos a países remotos, literatura de monstruos y cielos cargados de promesas. Un libro de ciencias para el lector "de letras"... y al contrario.

Ganador del National Books Critics Circle Award y del premio de la Royal Society al mejor libro de divulgación; finalista del premio Samuel Johnson de la BBC; uno de los mejores libros del año según las listas de The New York Times y de Amazon.com

PRIMERAS PÁGINAS
PRÓLOGO
1
En mi primera clase de química, a los catorce años, conseguí precipitar un cristal único de sales minerales. Este experimento elemental se llevaba a cabo calentando una solución de sulfato de cobre (creo) en un quemador Bunsen y dejándolo enfriar una noche. A la mañana siguiente ahí estaba, en el fondo de mi tubo de ensayo etiquetado con esmero: un único y hermoso cristal del tamaño de un caramelo de menta Fox Glacier, un zigurat en miniatura de una opalescencia azul pálido, apoyado por dentro contra el vidrio (demasiado grande como para permanecer tumbado), monumental y misterioso. En ningún otro tubo de ensayo había nada que no fueran unos frágiles granos. Había triunfado: estaba asegurado mi futuro científico.

Pero resultó que el profesor de química no me creyó. El cristal era demasiado grande como para ser real. Aunque sin ensañarse, dijo que estaba claro que yo lo había falsificado, colando un trozo de cristal de color en el tubo en lugar de hacer el experimento. Tenía su gracia. Le supliqué: "¡Compruébelo, señor, tan solo compruébelo!". Pero él rehusó y pasó a otros asuntos. Creo que fue en aquel momento de impotencia y decepción cuando vislumbré por primera vez cómo debía de ser la ciencia de verdad. Años más tarde supe que el lema de la Royal Society es: Nullius in Verba ("En palabras de nadie"). Nunca he olvidado este incidente y a menudo se lo he contado a mis amigos científicos. Ellos asienten, comprensivos, aunque añaden que yo no precipité (desde un punto de vista químico) ese cristal en absoluto; lo que hice fue sembrarlo, que es muy distinto. Sin duda fue así. Pero al final lo que sí he hecho, tras dejarlo enfriar muchos años, ha sido "precipitar" este libro.

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