Si el ritual de Duras fuese universal, tal vez no habría libros
veraniegos, los más buscados por lectores ocasionales que se reservan
para las vacaciones (y su luminosidad característica). Casi todos los
expertos en el asunto-libro —sean editores o libreros— distinguen dos
tipos de lectores de verano. El profesional —contumaz, regular o fiel,
como quieran denominarle— invierte este tiempo en obras densas a las que
no puede dedicar la concentración que desea el resto del año. “Es el
lector potente que aprovecha para disfrutar de La montaña mágica o el Ulises”, señala Joan Flores, de la librería catalana La Central.
Con ellos, el mercado recibiría poca o ninguna savia nueva. Aunque en
los últimos tiempos algunas editoriales relanzan en verano títulos que
fueron novedades unos meses antes y que se ajustan a las demandas de
este lector. “Nosotros activamos libros de la primera parte del año que
en verano pueden ser buenas lecturas. En 2011 ocurrió con Los enamoramientos, que salió en primavera y tuvo un repunte notorio en verano. Este año hemos reactivado Blonde,
la biografía de 700 páginas de Joyce Carol Oates sobre Marilyn Monroe”,
explica Pilar Reyes, editora de Alfaguara [sello del Grupo Prisa,
editor de EL PAIS].
¿Quién es el lector puramente veraniego? El que devora
compulsivamente una trilogía de 3.000 páginas y se despide hasta el año
que viene. El que (solamente) ama a Stieg Larsson, María Dueñas,
Ildefonso Falcones, Carlos Ruiz Zafón, Matilde Asensi, George R. R.
Martin… El que es fiel a los títulos de género, ya sea ciencia-ficción,
fantástico o policiaco. “Se venden libros de evasión, donde son
estrellas la novela negra o sagas como Juego de Tronos. Son personas que leen poco o nada el resto del año y que se dedican al monocultivo de género”, describe Joan Flores.
A la hora de programar, los editores dividen el mundo entre los sospechosos habituales y los sospechosos
ocasionales. Estos últimos les desvelan más, entre otras razones porque
ellos pueden convertir la obra de un desconocido en una gallina de los
huevos de oro. Ocurrió con El tiempo entre costuras, de María Dueñas, y antes con La sombra del viento,
de Carlos Ruiz Zafón, que se programó para un mes de julio sin muchos
aspavientos —una tirada modesta rozando la escasez— y dio el campanazo.
Por los sueños confesables de un editor siempre pulula una opera prima
que deviene en long-seller, que es un superventas que se
mantiene en el tiempo. Duradero, bonito y barato. “Cuando te llegan las
alertas de que un libro así está gustando tienes que hacer una apuesta
comercial para ayudarlo a despegar. Y las alertas nos llegan por muchos
sitios, por los comerciales que están en contacto con las tiendas o por
la prensa y la crítica que muestra mucho interés y elogia la obra”,
explica Ángeles Aguilera, editora de ficción española de Planeta. “Los
mejores”, suspira, “son los imprevistos, que cuestan poquito y duran
mucho”.
Hace veinte años, sin marketing ni promoción, Carmen Rico-Godoy vendió 500.000 ejemplares de un libro lanzado en verano y titulado Cómo ser mujer y no morir en el intento. “Carmen se convirtió en la reina del mambo”, recuerda Aguilera. Aquel boom
cambió algo. “El sector editorial decidió que el libro era un producto
más y había que tratarlo como tal”, explica la editora de Planeta, que
este verano ha apostado por obras de Juan Gómez-Jurado (La leyenda del ladrón) y Ian Gibson (La berlina de Prim). “Para que un libro se lea hace falta que se le dé promoción porque si no se queda perdido en la mesa de novedades”, añade.
Los lanzamientos se programan con el calendario a mano, pensando en
situar estratégicamente las fichas en las campañas de Navidad y de
verano. El factor estacional condiciona incluso a las editoriales que no
viven de la ficción. “Este año hemos publicado una antología de textos
deportivos de Santiago Segurola y un libro sobre anécdotas olímpicas.
Están pensados para este verano”, cuenta Miguel Aguilar, editor de
Debate, sello del grupo RHM. Como lector, Aguilar es del tipo
profesional: “Hay libros que no tienes tiempo para leer durante el año y
generas un stock de deberes”.
Si todavía no tienen claro cuál es el título de este verano, sepan
que por alguna razón ajena a la calidad literaria la trilogía Cincuenta sombras de Grey
(Grijalbo), de E. L. James, se eleva sobre todas las cosas. Aún siendo
de escudería ajena, Ángeles Aguilera le echa un capote: “Cuando un libro
vende cierta cantidad es porque tiene algo. No hay que despreciarlo,
detrás está el lector que decide y es sagrado”.
Imposible no darse de bruces con los libros de James, cuyo secreto
acaso resida en ofrecer la dosis justa de porno a señoras maduras, en
todas las librerías del planeta España. Alguna excepción hay. En La
buena vida, el café-librería del barrio de los Austrias, en Madrid, no
se encuentra. Ni se ajusta a la filosofía con la que nació el
establecimiento ni a los gustos de su clientela. “Nadie nos lo ha pedido
ni tampoco nos ha atraído”, aclara Gonzalo Moreno, encargado del café
literario .
En este local híbrido, donde triunfan Eduardo Mendoza, Fernando
Aramburu, Almudena Grandes, Ignacio Martínez de Pisón y Amélie Nothomb,
pocos clientes hojean los libros. “Funcionamos sobre todo con
recomendaciones de las novedades que nos han gustado. Vienen y nos
preguntan directamente qué se llevan. Luego hay otro tipo de lectores
con los que compartes lecturas”, explica Moreno. También ellos en estos
meses persiguen más las novelas distendidas, negras, largas…
Un verano de los setenta John Banville se arrodilló ante Henry James
al tiempo que paseaba por una Florencia soleada y todavía no sepultada
bajo su éxito de masas. “No me había dado cuenta de que buena parte del
libro se desarrollaba en Florencia ni que James había escrito la primera
entrega en el hotel del Arno, justo en la esquina de la pensión donde
yo estaba, cerca de Santa Croce”, revivió el escritor irlandés sobre su
primera lectura de Retrato de una dama. “El descubrimiento de
James fue una de las experiencias formativas de mi vida”. Sin duda, la
gran novela de agosto lo es también de noviembre. Pero el libro del
verano no es universal. En la América de clima tropical, recuerda Pilar
Reyes, colombiana, nadie publica pensando en un tiempo que no existe: el
de las vacaciones de verano.
El País
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