GUERRA DEL 15
2 de junio de 1915, tarde. Roma.
¡En Portonaccio! Se sale de la estación de Portonaccio. El nombre se
antoja de mal agüero, pero no pensamos en los nombres. Algunas lugareñas
nos presagiaron ya buenos augurios, justo al salir del cuartel.
Llevamos con nosotros las rosas que nos han regalado. Vamos de estreno,
desde el calzado hasta la boina. Los inmaculados alamares, ribeteados de
rojo carmín, reirían si les diera el sol, pero el cielo está gris: ha
llovido y seguirá lloviendo. Da igual; bajo la piel sudada, estamos
frescos; vamos con la cabeza gacha por el esfuerzo de equilibrar la
mochila (además, la hemos atiborrado de libros) bajo el agua, pero el
pensamiento se eleva. Una vez llegados, un jugoso limón restaura el
cálido estómago y las inflamadas venas. Mientras subimos, se precipita
un aguacero sobre Portonaccio. Vagones para la tropa. Un racimo de
cabezas se asoma a la gran abertura. En los coches cercanos se
canta. Llegan Gigetta y Elody bajo los paraguas lustrosos. Nuestros
compañeros asisten maliciosos a los saludos y besos. Miro a Elody, que
está como extraviada y confundida detrás de Gigetta. Por contra, Gigetta
se siente segura en su dolor, llora y sonríe, sus ojos revelan la
plegaria a Dios para que le salve al marido y la promesa al marido de
mantenerse tranquila y serena. El tren se pone en marcha. Entre los
cantos y el griterío ajenos se anegan los brotes de nuestros delicados
pensamientos.
Gotea agua del techo y se
forman charquitos entre los asientos. Un quinqué resplandece como un
pequeño faro en una vasta atmósfera neblinosa. Se balancean rostros
blanquecinos entre reflejos rojizos y bocas abiertas emiten sonidos aquí
y allá. El tren se zarandea y las voces cantantes se dan la réplica sin
tregua:
Addio mia bella Napoli,
mai più ti rivedrò!
oh oh oh! oh oh oh!
mai più ti rivedrò!
oh oh oh! oh oh oh!
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