“Eso”, por ejemplo, puede ser el papel de la ironía en su obra. Después de publicar El cielo a medio hacer y Deshielo a mediodía, dos antologías que reúnen la práctica totalidad de sus versos traducidos por Roberto Mascaró, la editorial Nórdica acaba de lanzar Air Mail,
la correspondencia entre Tranströmer y el estadounidense Robert Bly en
traducción de Francisco J. Uriz y Juan Capel. Las 230 cartas de los dos
poetas recogidas en el volumen dibujan tanto la teoría poética como el
autorretrato de un Tranströmer que no pierde ocasión de bromear, ya sea
firmando como Jung o Updike o avisando a Bly sobre el día en que se
encontrarán por primera vez: “Para que usted pueda reconocerme iré
vestido con un frac verde, barba postiza, sombrero de paja, y estaré
leyendo la autobiografía de Nixon. Quizá esto también pueda arreglarse
de una manera más sencilla”.
Las bombas en Vietnam, los tanques en Praga y las –pocas–
posibilidades de una literatura comprometida atraviesan una charla
postal que va de 1964 a 1990. “La política llegó a angustiar a Tomas
durante esos años, pero nunca compartió la simpleza de la poesía
política”, explica Monica Tranströmer, que mira a su marido buscando su
aprobación. La obtiene. Él mismo habla en una de las primeras cartas de
su interés por tratar “las realidades de la historia mundial” sin caer
“en la triste tradición retórica que se apodera hasta de los buenos
poetas tan pronto como tocan algo político”.
El 10 de diciembre de 1975 Tranströmer escribe a su amigo mientras la
televisión retransmite la ceremonia del Nobel: Ese año ganó Eugenio
Montale, más delgado de lo que hacía suponer “su rostro redondo a lo
Harpo Marx”. Cuando llega el turno del galardón de Economía, escribe:
“Ese premio no lo recibirás nunca, Robert, tal vez el de Literatura
cuando llegues a los 80 años”. Esa edad tenía él cuando lo recibió en su
ciudad natal el último diciembre. ¿Ha escrito algo desde entonces?
Tranströmer niega con la cabeza. “Ni escribir ni apenas leer”, añade su
esposa. Después de un año sin parar, ha sido “un alivio” tener sucesor
desde la semana pasada: Mo Yan. Conocían su nombre –“sonaba desde hace
años”– pero no lo han leído. “Lo leeremos”, dice la señora Tranströmer
utilizando una primera persona del plural que suena perfectamente
natural y que vuelve a usar cuando se les pregunta por las críticas que
el nuevo galardonado ha recibido como autor bendecido por el régimen
chino: “¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie si nunca nos hemos
visto obligados a mantener el equilibrio entre ser crítico y pertenecer a
la asociación oficial de escritores?”.
El Nobel es un premio tan “violentamente grande” que siempre
despertará críticas, dice Monica. Sobre el impulso que un premio tan
grande puede dar a un género tan minoritario como la poesía tampoco hay
duda: “Esa es la esperanza de Tomas”. Sin salir de la pequeña escala,
este año ha recibido la felicitación de muchos autores en lenguas
minoritarias, como si el premio se lo hubieran dado también a ellos. De
ahí la devoción del autor de Bálticos por los traductores. ¿No
era la poesía justo eso que se pierde en la traducción de un poema? No
si se tiene fe en la “poesía mundial”. “Tomas siempre ha visto el poema
en su versión original como una traducción; nadie no sabe de dónde
viene”, explica su esposa, que mira a su marido y le pregunta: “¿Era eso
lo que querías que dijéramos?”. Él dice sí en sueco y ese sí, como el
resto de la charla, se convierte en castellano gracias Martin Lexell,
traductor de Stieg Larsson e intérprete –de lujo, diría el tópico– en
este encuentro matinal con un Nobel devoto de Lorca y de Vallejo que
viajó a España por primera vez con 22 años.
La tarde de ayer fue, entre tanto, el turno de los poetas españoles,
que en el Círculo de Bellas Artes leyeron a Tranströmer en su presencia.
A los versos leídos por José Manuel Caballero Bonald, Juan Antonio
González Iglesias, Esther Ramón, Jordi Doce, Juan Marqués y Carlos
Pardo, se sumo, aunque no intervino, Mario Vargas Llosa. Fue su
predecesor en el Olimpo del Nobel, esa lista en la que, como dicen los
Tranströmer, primero es un honor estar y luego un alivio dejar de ser el
último.
El País
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