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El silencio de Tranströmer resuena en español

Tomas Tranströmer sonríe y calla. Ni siquiera cuando musita algo para entrar en la conversación, el poeta sueco –81 años, premio Nobel de literatura en 2011– deja de sonreír. En 1990 sufrió una apoplejía que le paralizó la parte derecha del cuerpo y limitó severamente su capacidad de hablar pero no su sentido del humor. Basta con mirarlo cuando levanta el brazo y dice dos palabras para matizar lo que su mujer, Monica, va contando de su vida y de sus opiniones. Que está de acuerdo (casi siempre), que no (cuando dice que su marido siempre fue un buen pianista; ahora interpretando piezas para la mano izquierda) o que “eso” lo tienen que aclarar entre los dos más tarde.

“Eso”, por ejemplo, puede ser el papel de la ironía en su obra. Después de publicar El cielo a medio hacer y Deshielo a mediodía, dos antologías que reúnen la práctica totalidad de sus versos traducidos por Roberto Mascaró, la editorial Nórdica acaba de lanzar Air Mail, la correspondencia entre Tranströmer y el estadounidense Robert Bly en traducción de Francisco J. Uriz y Juan Capel. Las 230 cartas de los dos poetas recogidas en el volumen dibujan tanto la teoría poética como el autorretrato de un Tranströmer que no pierde ocasión de bromear, ya sea firmando como Jung o Updike o avisando a Bly sobre el día en que se encontrarán por primera vez: “Para que usted pueda reconocerme iré vestido con un frac verde, barba postiza, sombrero de paja, y estaré leyendo la autobiografía de Nixon. Quizá esto también pueda arreglarse de una manera más sencilla”.

Las bombas en Vietnam, los tanques en Praga y las –pocas– posibilidades de una literatura comprometida atraviesan una charla postal que va de 1964 a 1990. “La política llegó a angustiar a Tomas durante esos años, pero nunca compartió la simpleza de la poesía política”, explica Monica Tranströmer, que mira a su marido buscando su aprobación. La obtiene. Él mismo habla en una de las primeras cartas de su interés por tratar “las realidades de la historia mundial” sin caer “en la triste tradición retórica que se apodera hasta de los buenos poetas tan pronto como tocan algo político”.
Tomas siempre ha visto el poema en su versión original como una traducción
El 10 de diciembre de 1975 Tranströmer escribe a su amigo mientras la televisión retransmite la ceremonia del Nobel: Ese año ganó Eugenio Montale, más delgado de lo que hacía suponer “su rostro redondo a lo Harpo Marx”. Cuando llega el turno del galardón de Economía, escribe: “Ese premio no lo recibirás nunca, Robert, tal vez el de Literatura cuando llegues a los 80 años”. Esa edad tenía él cuando lo recibió en su ciudad natal el último diciembre. ¿Ha escrito algo desde entonces? Tranströmer niega con la cabeza. “Ni escribir ni apenas leer”, añade su esposa. Después de un año sin parar, ha sido “un alivio” tener sucesor desde la semana pasada: Mo Yan. Conocían su nombre –“sonaba desde hace años”– pero no lo han leído. “Lo leeremos”, dice la señora Tranströmer utilizando una primera persona del plural que suena perfectamente natural y que vuelve a usar cuando se les pregunta por las críticas que el nuevo galardonado ha recibido como autor bendecido por el régimen chino: “¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie si nunca nos hemos visto obligados a mantener el equilibrio entre ser crítico y pertenecer a la asociación oficial de escritores?”.

El Nobel es un premio tan “violentamente grande” que siempre despertará críticas, dice Monica. Sobre el impulso que un premio tan grande puede dar a un género tan minoritario como la poesía tampoco hay duda: “Esa es la esperanza de Tomas”. Sin salir de la pequeña escala, este año ha recibido la felicitación de muchos autores en lenguas minoritarias, como si el premio se lo hubieran dado también a ellos. De ahí la devoción del autor de Bálticos por los traductores. ¿No era la poesía justo eso que se pierde en la traducción de un poema? No si se tiene fe en la “poesía mundial”. “Tomas siempre ha visto el poema en su versión original como una traducción; nadie no sabe de dónde viene”, explica su esposa, que mira a su marido y le pregunta: “¿Era eso lo que querías que dijéramos?”. Él dice sí en sueco y ese sí, como el resto de la charla, se convierte en castellano gracias Martin Lexell, traductor de Stieg Larsson e intérprete –de lujo, diría el tópico– en este encuentro matinal con un Nobel devoto de Lorca y de Vallejo que viajó a España por primera vez con 22 años.
La tarde de ayer fue, entre tanto, el turno de los poetas españoles, que en el Círculo de Bellas Artes leyeron a Tranströmer en su presencia. A los versos leídos por José Manuel Caballero Bonald, Juan Antonio González Iglesias, Esther Ramón, Jordi Doce, Juan Marqués y Carlos Pardo, se sumo, aunque no intervino, Mario Vargas Llosa. Fue su predecesor en el Olimpo del Nobel, esa lista en la que, como dicen los Tranströmer, primero es un honor estar y luego un alivio dejar de ser el último.

El País

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