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La lluvia de fuego

El escritor argentino Leopoldo Lugones, cuentista, novelista entre otros oficios, quien juntamente con Ruben Dario, fue el principal exponente de modernismo hispanoamericano. Con sus cuentos, se transformó en el procursor y uno de los pioneros de la literatua fantástica y ciencia ficcion en Argentina. Tambien fue de los primeros escritores de habla hispana en producir microrelato.

“Y tomare el cielo de hierro y la tierra de cobre”
Levítico XXVI 19

Con esta breve introducción, el escritor nos va moldeando para recreano la historia de su cuento. Donde la tensión, el asomo del terror y el estupor ante los hechos que se iran desencadenando nos hace aproximarnos al tema.  En sus entreñas es un cuento sicológico en el cual el carácter del protagonista y el episodio bíblico de la destrucción de Sodoma y Gomorra han sido juntados en forma dinámica para enriquecer el impulso dramático de la narración.  El cuento se desarrolla por medio de oscilaciones temáticas: de lo sicológico a lo puramente descriptivo y a un fin altamente dramático. Contribuye en forma substancial a la efectividad de la narración la alta calidad del estilo del autor.

El cuento examinado aquí es una combinación balanceada y magistral de inventiva narrativa, habilidad estilística y profundidad simbólica.  Y aun más, la muy conocida inclinación del autor por la ironía ligera es evidente en la sugestiva vaguedad del cuento en lo que atañe al escenario y al tiempo. El tema principal, de naturaleza universal, es la soledad que predomina en la existencia del hombre ante la presencia de fuerzas que él no puede controlar. Aunque hay otros temas subyacentes como el celibato, la soledad, el silencio, la sociedad decadente.

“La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

“Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso… Llevé el pomo a mis labios, y…
FIN”


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