I
-... llena eres de gracia, el Señor es contigo..., llena eres de gracia, el Señor es contigo...
Las palabras ya no tenían sentido, no eran más que palabras. ¿Acaso
Geneviève movía los labios? ¿O sumaba su voz al sordo murmullo que se
alzaba de los más oscuros rincones de la iglesia?
Algunas sílabas parecían repetirse con más frecuencia que otras, cargadas de un significado oculto.
-... Llena eres de gracia..., llena eres de gracia...
Luego venía el triste final del avemaría:
-... pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.
Cuando era pequeña y rezaban el rosario en voz alta, estas palabras,
que renacían sin cesar, no tardaban en hechizarla y en alguna ocasión
rompía en sollozos.
-... ahora y en la hora..., en la hora...
Entonces exclamaba mirando a la Virgen a través de las lágrimas:
-¡Haz que yo sea la primera en morir! O que nos muramos todos a la vez, mi madre, mi padre y Jacques.
En alguna parte de la oscuridad, no lejos, por donde estaba la efigie
de san Antonio, resonaba una voz grave como un abejorro. No se veían las
caras. Tan sólo se adivinaban unas siluetas, porque el sacristán había
encendido cuatro lámparas para toda la iglesia y sus trazos puntiagudos
formaban entre los pilares aureolas del tamaño de las de los santos.
-... llena eres de gracia..., el Señor...
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