La vigilancia de las fronteras se ha convertido,
en los últimos años, en un gran negocio. A partir de la década de 1990,
las empresas privadas de seguridad y la industria del armamento han
descubierto que el control de los inmigrantes puede ser una gran fuente
de ganancias. La mayor empresa de seguridad, G4S (que dedica una
parte de su actividad a la «gestión» de la inmigración), tiene en la
actualidad más de 650.000 empleados, lo que la convierte en la segunda
empresa privada del mundo en personal contratado. FRONTEX, la agencia
europea de vigilancia de fronteras creada por la Unión Europea, es
emblemática de este boom, muy rentable políticamente y muy lucrativo en
el plano financiero. Libia, antes y después de Gadafi, ha sabido sacar
provecho del «maná» de los emigrantes, que son objeto de infinitos
tejemanejes por parte de los capitales europeos. En Israel y Estados
Unidos, la construcción de centros de detención para extranjeros y el
levantamiento de muros, destinados a cerrar las fronteras, ha supuesto
un buen negocio, a la vez que es una eficaz forma de alimentar los
fantasmas xenófobos de la población, con la consiguiente satisfacción
de determinados políticos. El sistema SIVE (Sistema Integrado de
Vigilancia Exterior), utilizado en las islas Canarias, las Baleares y
el sur de España, las murallas que se alzan en México o Tel-Aviv… estos
engranajes invisibles en busca de nuevas ganancias, establecidos por
todas partes, de Senegal a Estados Unidos, de Kiev a París o de
Tel-Aviv a Turquía, salen por primera vez a la luz en este sorprendente
y explosivo libro.
INTRODUCCIÓN
El
germen de este libro surgió a partir de una constatación y de un
interrogante. Los últimos veinte años del pasado siglo y los que van del
presente han sido testigos de la progresiva conversión de la
inmigración en un tema polémico que rara vez abandona la primera línea
de actualidad. Es cierto que, desde la década de 1960, el número de
migraciones se ha triplicado a lo largo y ancho del planeta. Pero esta
evolución cuantitativa podría considerarse como fruto del orden
establecido: después de todo, la mayoría de las recientes oleadas de
desplazamientos de poblaciones han sido y continúan siendo previsibles
para todo aquel que sepa observar la marcha del mundo. Cuando la
coalición internacional tomó la decisión de derrocar al régimen de
Muamar Gadafi en marzo de 2011, ¿acaso no podía imaginar que una de las
primeras consecuencias de su intervención militar sería la de provocar
el éxodo de un gran número de extranjeros que se encontraban en Libia en
ese momento? Este número ha sido estimado en un millón y medio. Por el
contrario, todo ha tenido lugar como si se tratase de fenómenos si no
inexplicables, al menos imposibles de prever. Y por si fuera poco,
existe por parte de aquellos que se encuentran a cargo de la «gestión de
los flujos migratorios » una sorprendente tendencia a presentarlos como
una amenaza, así como a prometer reiteradamente la instauración de
enérgicas medidas para controlarlos, sin dar nunca la impresión de
conseguirlo.
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