PRÓLOGO
El
anciano alza la vista y por un instante es como si estuviera mirando
por el extremo equivocado de un telescopio. La perio - dista está a
cuarenta años de distancia.
–¿Señor Stein? –dice
apoyando una mano tierna y cálida so - bre su rodilla huesuda–. ¿Podría
usted compartir con nosotros sus recuerdos de aquel momento?
Le
cuesta un esfuerzo de la voluntad casi físico retornar al presente.
Parpadea. Con el miedo propio de los ancianos a per - der sus recuerdos
se dice a sí mismo que debe ponerlos en orden. «Todavía estás aquí»,
piensa. «Sigues vivo.»
–¿Señor Stein? ¿Fred?
«Estás
vivo», se repite. El superpetrolero Carla . A setenta millas de la
costa islandesa. Una última entrevista en la cocina del barco, con su
tufo a fritanga y a café requemado, su olor a gasóleo y las ráfagas de
agua de mar. El rumor sordo y profundo de las voces de hombres sin asear
y la lana húmeda
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