Ir al contenido principal

Un inconveniente


Título original: The Pitfall

Autor: Mary Cholmondeley

Traducción: Israel Centeno

Editorial: Penguin Random House

Año de publicación: 2012

Año de edición : 2012

Número de página: 80

Genero: Novela 

 

“Mary se dijo: «He de defenderme». Pero ¿contra qué, contra quién? La rabia había dejado su lugar a la pena.”

 

Hija del vicario de la iglesia de San Lucas en el pueblo de Hodnet es la escritora británica Mary Cholmondeley. Quien desde muy temprana edad era asidua a contar historias a sus hermanos, lo cual forjo un medio para mas luego escribir ficción y escapara de la monotonía que el pueblo de Hodnet la tenía acostumbrada. Algo tímida, que rayaba con una personalidad solitaria, independientemente de que tuvo algunas amistades del mundo literario reconocida de la época. Murió sin casarse como lo había predicho a la edad de 66 años. 

 

Como sugiere su obituario, Mary Cholmondeley no es una novelista a la que los lectores modernos puedan recurrir por su participación directa en los problemas políticos o sociales de su época: sus libros reflejan los valores conservadores de su entorno local. No muestra ningún deseo de cambios en la estructura de la sociedad que examina a veces con tanta penetración; su principal preocupación es la salud moral de los individuos dentro de esa sociedad, con su grado de autoconciencia y autocrítica, con su sentido de responsabilidad hacia ellos mismos y hacia los demás. En este sentido, la semejanza sugerida con Jane Austen es algo más que la afinidad que habitualmente se atribuye a cualquier practicante competente de la novela de modales.

 

De que va esta pequeña obra. Cholmondeley lo que trata es de hacernos un retrato de dos mujeres, Lady Mary Carden y Elsa, quien representan dos mujeres de la época victorianas con sus luces y sombras y con fuertes rasgos femeninos: “Cholmondeley vuelve a contraponer dos estereotipos femeninos: el de Mary, rubia, elegante, delicada, correcta, cariñosa, dulce, intachable, religiosa, treintañera y sexualmente no muy atractiva, y el de Elsa Grey, joven, morena, esbelta, hosca, impenetrable, proveniente de una familia problemática —no hay que decir más—, turbia, con un punto salvaje, seductora, nada sabemos de su credo pero sí de su fervor, depositaria segura de golosos secretos sexuales, de una promesa… En la tensión entre el sexo y el no sexo, la virginidad —sobre todo, la añosa— es un instrumento distorsionante, un obstáculo para interpretar ciertas facetas del mundo: Lord Francis, tan esbelto, con aquella cara de aventurero extrañamente demacrada, parecía ofuscado, poseído por algo que Mary identificó como pasión.” donde cada escena nos empujan a leer lo que hay detrás de cada palabras, donde el significado y las costumbres de finales de siglo XIX y principios de siglo XX propician a que la interpretemos  bajo cierta búsqueda de liberad femenina, y como he de suponer, siendo Chelmondeley una militante del movimiento New Woman, nos encarrila por esos senderos.

 

Cabe destacar, que esta pequeña obra fue reescritas por su autora hasta cinco veces, buscando el retrato mas acertado de todo aquello que había creado sobre una época que conocía a la perfección. 

 

Como lo resume Sanz: ‟el problema no es la soledad, o la vejez, o la soltería: el problema es la


ausencia de apellido, de estatus, de visibilidad. En eso se traduce todo: en verse, frente a los demás, y no ser el único reflejo en el espejo de una sala atestada de pies que bailan descoordinados. Es eso lo que le pesa a la protagonista: que la soledad, su invisibilidad, no es elegida, no es destino, es condena, es la cruz –doble o triplemente más grande– que la de Jesucristo nuestro señor. Amén.

 

Mary Cholmondeley merece todos los respetos como escritora, y como psicóloga de las mujeres. A quienes la leemos, desde ese prisma femenino, desde el sexo que los dioses nos otorgan –gracias, señores–, nos deja desnudas frente a ese espejo en el que Mary se mira mientras se pregunta si su caballero andante, si su soldado con cicatrices en las manos, la ama, la deshoja, la deshora. Y en esa desnudez, que como las palabras, como la brevedad, no es casual, descubrimos también nuestros miedos, y lanzamos hacia otro lado nuestros fracasos. Y para hacerlo, casi siempre, basta con un buen libro como éste”.

 

A modo personal, no es la gran novela, aunque si debo decir que hace un fiel retrato de la mujer que aspiraba a ser mas liberal de la sociedad de finales de siglo XIX y principio XX. La historia que cuenta de la infidelidad de parte de la que iba a ser esposa de la Jos, hermano de Lady Mary Carden, la señorita Elsa, caen entre culpabilidades entre ambos hermanos, porque Elsa en algún momento tuvo un roce con Lord Francis, quien estaba casado con la amiga de Lady Mary Carden, la señora Huggins, quien a pesar de un  amoríos con Elsa, la que iba a ser esposa de Jos, no le iba a dar el divorcio “no quiero perder su nombre. Tengo derecho a él, no quiero ser la divorciada señora Huggins, rica pero de clase poco elevada.” Al final, como quiera Jos termino casándose con Elsa y ahí termina todo.

En sus manos

Comentarios

Entradas populares de este blog

Carta de Manuela Sáenz a James Thorne, su primer marido

No, no y no, por el amor de Dios, basta. ¿Por qué te empeñas en que cambie de resolución. ¡Mil veces, no! Señor mío, eres excelente, eres inimitable. Pero, mi amigo, no eres grano de anís que te haya dejado por el general Bolívar; dejar a un marido sin tus méritos no seria nada. ¿Crees por un momento que, después de ser amada por este general durante años, de tener la seguridad de que poseo su corazón, voy a preferir ser la esposa del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo o de los tres juntos? Sé muy bien que no puedo unirme a él por las leyes del honor, como tú las llamas, pero ¿crees que me siento menos honrada porque sea mi amante y no mi marido? No vivo para los prejuicios de la sociedad, que sólo fueron inventados para que nos atormentemos el uno al otro. Déjame en paz, mi querido inglés. Déjame en paz. Hagamos en cambio otra cosa. Nos casaremos cuando estemos en el cielo, pero en esta tierra ¡no! ¿Crees que la solución es mala? En nuestro hogar celestial, nuestr...

Grandes esperanzas (Fragmentos)

«En el primer momento no me fijé en todo esto, pero vi más de lo que podía suponer, y observé que todo aquello, que en otro tiempo debió de ser blanco, se veía amarillento. Observé que la novia que llevaba aquel traje se había marchitado como las flores y la misma ropa, y no le quedaba más brillo que el de sus ojos hundidos. Imaginé que en otro tiempo aquel vestido debió de ceñir el talle esbelto de una mujer joven, y que la figura sobre la que colgaba ahora había quedado reducida a piel y huesos. [...] ―¿Quién es? ―preguntó la dama que estaba sentada junto a la mesa. ―Pip, señora. ―¿Pip? ―El muchacho que ha traído hasta aquí Mr. Pumblechook, señora. He venido a jugar... ―Acércate más, muchacho. Deja que te vea bien. Al encontrarme delante de ella, rehuyendo su mirada, observé con detalle los objetos que nos rodeaban, y reparé en que tanto el reloj que había encima de la mesa como el de la pared estaban parados a las nueves menos veinte. ―Mírame ―me dijo miss...

Las muchas lenguas de Kundera

La primera novela de  Milan Kundera ,  La broma,  es la historia de cómo una ironía leída por quien no debería –escribir en una postal “El optimismo es el opio del pueblo”– arruina la vida de su protagonista en la Checoslovaquia comunista. La última,  La fiesta de la insignificancia  –que su editorial en España, Tusquets, saca a la calle el 2 de septiembre– relata en uno de sus capítulos como Stalin relata una historia que puede ser, o no, un chiste, aunque descubrirlo no es sencillo: si por casualidad no es un chiste y es un delirio de dictador, puede costar la vida al que se ría a destiempo. En medio, transcurre la vida de uno de los escritores europeos más importantes del siglo XX, cuya existencia podría ser definida como una gran lucha contra un mundo que ha perdido el sentido del humor. Los chistes son un ángulo magnífico para contar la historia del comunismo en Europa Oriental y la URSS: “Qué hay más frío que el agua fría en Rumania? El agua caliente”...