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Luz incierta de los orígenes

El regreso triunfal de Patrick Modiano a las librerías españolas, donde ya hace años estuvo presente sin levantar tanto revuelo, está deparando a los lectores que no lo conocimos entonces el descubrimiento de uno de los grandes narradores franceses contemporáneos, tal vez el más original y poderoso de los nacidos en la posguerra. Modiano comenzó a publicar a finales de los sesenta, en pleno apogeo del nouveau roman, y tal vez ello explique que su magisterio, por más que reconocido en Francia desde el principio con premios importantes, haya tardado en proyectar su ascendiente fuera de un país de cuya literatura última suele afirmarse que no ha superado los años ciertamente inhóspitos del experimentalismo, aunque casos como el de Modiano lo pongan en entredicho. La marca del escritor, el famoso estilo modianesco, se caracteriza por una aparente levedad que fía toda su fuerza simbólica a la ausencia de artificio. La precisión y la economía son dos de los aspectos reconocibles de una manera, deliberadamente anodina pero al cabo seductora e hipnótica, en la que conviven pasajes indagatorios, documentales y casi telegráficos -a menudo meros enunciados o relaciones de cosas, al modo de Perec- con otros que desprenden un seco lirismo, lleno de matices y sugerencias, de revelaciones insinuadas, de engaños, dobleces y medias verdades.

Nadie más adecuado que el escritor mallorquín José Carlos Llop, devoto de Modiano desde hace décadas y autor de una estupenda novela -París: Suite 1940 (RBA, 2007)- donde seguía el rastro del brillante, escurridizo y encanallado Ruano en el mismo París ocupado que ha servido de inspiración a la mayoría de las obras del francés, para presentar esta Trilogía donde se reúnen las tres primeras novelas de Modiano: El lugar de la estrella (1968), La ronda nocturna (1969) y Los paseos de circunvalación (1972), "una obertura fulgurante" que se ofrece ahora en nueva traducción de María Teresa Gallego Urrutia, a la que debemos las recientes versiones de todos los libros de Modiano que han aparecido en Anagrama. Publicadas cuando el autor no había rebasado la veintena, lo primero que sorprende en estas novelas es su grado de madurez narrativa, pero también llama la atención el hecho de que ya en los inicios presentaba Modiano los rasgos reconocibles de su peculiar estilo y, sobre todo, marcaba el territorio difuso sobre el que luego ha vuelto una y otra vez, en novelas que lejos de remitir a lo consabido dejan siempre una huella perdurable.

La obsesión de Modiano por el periodo de la Ocupación no responde a una mera preferencia culturalista, sino que está estrechamente relacionada -como él mismo ha contado en Un pedigrí, la excelente narración autobiográfica en la que evocaba su infancia solitaria- con la reiterada cuestión de sus propios orígenes como hijo de unos padres ausentes que se desenvolvieron en aquel tiempo infausto de la misma forma esquiva que muchos de los personajes de sus novelas. Modiano lleva dentro el estigma de aquellos años que no vivió pero han marcado su vida y en particular su literatura, que al margen de su alto valor estético ha contribuido además, de un modo apenas ensayado entre nosotros, a exorcizar los demonios de una época vergonzosa sobre la que muchos franceses -y no precisamente para construir novelas- han fabulado impunemente.

Dice Modiano, citado por Llop: "Siempre tuve la sensación, por oscuras razones de orden familiar, de que yo nací de esa pesadilla. No es la Ocupación histórica la que describo en mis tres primeras novelas, es la luz incierta de mis orígenes. Ese ambiente donde todo se derrumba, donde todo vacila". Y en efecto, los años negros pero efervescentes -véase el reciente Y siguió la fiesta de Alan Riding (Galaxia Gutenberg)- en que los alemanes campaban por París con la complicidad abierta o solapada de no pocos de sus habitantes, comparecen en sus libros, ya desde El lugar de la estrella, como un tiempo mítico y de contornos borrosos que se alimenta de la realidad histórica pero no es recreado de forma directa, sino por medio de sutiles alusiones a las redadas, los mercadeos o los desmanes de la terrible banda de la rue de Lauriston y su red de colaboradores o meros aprovechados. El París de Modiano es de este modo un territorio singular y fantasmático, habitado por seres ambiguos que aparecen retratados a media luz, como en los encuadres clásicos del cine negro.

El paradójico judío antisemita que (continuamente metamorfoseado) protagoniza El lugar de la estrella, el taimado espía doble (al servicio de los nazis y también de la Resistencia) retratado en La ronda nocturna o el oscuro traficante (un primer acercamiento a la figura del padre) de Los paseos de circunvalación son criaturas delirantes, pero las circunstancias extremas en las que se desenvuelven resultan bien reales. La memoria modianesca, escribe Llop, "no funciona con la meticulosidad proustiana, sino a través de la niebla, lo que configura una particular narrativa de atmósferas", y ello se percibe ya desde estas primeras novelas, en las que importan menos los personajes que el entorno enrarecido en el que medran, celebran, persiguen, traicionan o se entregan a la tortura, la delación y el pillaje. Es el angustioso reverso de la fiesta que siguió, cada vez más desesperada, donde oficiantes o meros supervivientes estaban dispuestos a cualquier cosa para evitar el destino de los perseguidos.

Tal vez haya en este primer Modiano, rebosante de afán provocador y violencia verbal, un mayor grado de irrealidad o mejor dicho de irracionalismo que en otras novelas posteriores, pues el aire turbio y como alucinado que caracteriza a buena parte de estas se muestra aquí, sobre todo en las dos primeras, cercano al esperpento o la farsa expiatoria. Las tres novelas, en cualquier caso, aunque no son las únicas que ha escrito a propósito de la Ocupación, comparten una intención moral que rehúye las visiones consoladoras y muestra el profundo desorden emanado de una situación de absoluta podredumbre que impregna o contamina a toda una sociedad, sin que aparezcan personajes ejemplares ni, menos aún, sobrevengan heroicidades impostadas. Ni siquiera los que eran niños o no habían nacido pueden escapar a la sospecha, las dudas acerca de la propia identidad o el peso de una memoria que sigue proyectando sus visiones pesadillescas en los descendientes. Como en las tragedias de la Antigüedad, estos últimos deben afrontar el peso de una culpa heredada.

El País

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