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El instante irrepetible de la felicidad

No sé si me equivoco mucho diciendo que el mundo novelístico de Almudena Grandes se soporta en gran medida sobre una mezcla de realidad e irrealidad. Esta consideración podría ser operativa, como mínimo para romper ese criterio injustamente limitado de que su literatura está construida de soportes históricos, de pasado, sobre todo de la posguerra franquista, de su innecesaria crueldad y ánimo vengativo. Con ser cierto todo esto, sumando la no baladí consideración de que esta literatura lo es infinitamente más de la memoria que del puro registro histórico, creo que no estaría de más transitar por esos costados más intangibles que ofrece la novelística (y también sus relatos o algunos de ellos nouvelles) de la escritora madrileña. Tenemos, ahora, El lector de Julio Verne, el segundo volumen de su serie Episodios de una guerra interminable. Por sobre todas otras consideraciones, todas igualmente importantes, se alza la impronta novelesca, en el sentido en que la preceptiva norteamericana divide su propia tradición ficcional: novela y romance. Si la primera es la marca del realismo, de la descripción tozuda de los hechos (físicos y psicológicos), el segundo atañe al orbe de la imaginación, de las sensaciones y visiones, fogonazos indescriptibles que obligan al lector a una operación de visualización casi poética. Por eso creo, independientemente de todo lo que se cuenta en esta novela casi redonda (luego diré por qué no lo es totalmente), que su valor intrínseco estriba en esa dimensión de relato infinitamente más lírico que épico.

Otra interpretación ineludible de El lector de Julio Verne es su condición de Bildungsroman o novela de aprendizaje. La historia que se nos cuenta es la de un niño de 11 años. Y quien nos la cuenta es el mismo niño ya adulto, probablemente desde nuestro propio presente. Almudena Grandes recrea los movimientos guerrilleros del trienio 1947-1949, en la sierra de Jaén. En el centro de este conmovedor relato está el niño relatado por él mismo cuando ya es mayor. Está su memoria personal y su condición entonces de hijo de guardia civil, viviendo casi en primera línea los infortunios morales y físicos (delaciones, traiciones, torturas, allanamientos) que sufren no solo los familiares de los guerrilleros en el pueblo andaluz donde se desarrollan los acontecimientos, sino el propio protagonista y su familia. La autora de El corazón helado ata este segundo volumen al primero con una rápida mención a un restaurante llamado Casa Inés en el Valle de Arán. Si en el primer volumen (Inés y la alegría) el punto de vista se situaba en el lado de la guerrilla antifranquista, en El lector de Julio Verne el foco narrativo se traslada al lado opuesto, en su represión del grupo del célebre jefe guerrillero Tomás Villén Roldán, Cencerro.

Si en Inés y la alegría, el mentor de su heroína era Benito Pérez Galdós, en esta que comento el guía lector de nuestro pequeño héroe es Julio Verne. La elección del escritor francés y toda la aureola aventurera que lo rodea es la materia que otorga esa estructura de exploración física, pero sobre todo espiritual con que está impregnada la novela. Exploración de secretos indecibles, de visiones inéditas para un niño que se inicia en el conocimiento del dolor del alma y a esa intransferible felicidad que permiten unos pocos instantes irrepetibles. Vuelve Almudena Grandes a crear grandes caracteres humanos (como el guardia civil Miguel Sanchís y Pepe, el Portugués, entre otros) y pequeñas grandes escenas íntimas que te quedan grabadas para siempre.

Hago hincapié en el carácter novelesco de El lector de Julio Verne, en su halo de romance, en su naturaleza intrínsecamente poética, en esa concomitancia con ese mundo visual que caracteriza las películas de Víctor Erice (para que el lector se haga una idea de qué quiero decir). Los montes y sierras que habitan los guerrilleros tienen en la novela la dimensión de un mundo mucho menos inhóspito que mágico, donde los hombres son sombras, siluetas fugaces apenas entrevistas. Ahora bien, El lector de Julio Verne está compuesto de cuatro partes. Me parece un error de bulto el breve agregado histórico de la cuarta parte. Rompe el criterio soberbiamente elíptico con que la novela avanzaba. Para mí la novela acaba con la tercera parte. El resto es información. Una inexplicable elección que impide que la novela sea todo lo redonda que se merecía.

El País

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