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La novela y otros, ¿Por sendero de muerte?

La novela y otros, ¿Por sendero de muerte?

Cada lector procura hacerse participe de la lectura realizada a un libro. Muchos buscan un libro por su autor, como algo insustituible en el tiempo, otros, por la historia plasmada en el libro donde preocupe transformar la experiencia en conocimiento, otros, porque lo obligan a leerlo, sin importar el realismo o ficción que lo envuelve, dejando de antemano de quien lo lee que hay otras cosas más importante que hacer y al final ese lector pronuncia su criterio en cuanto al libro.

Desde mis primeros pasos por el fascinante mundo de la novela, siempre ha latido entre los lectores la pregunta de si en verdad la novela ha muerto. Es una cuestión, la cual dentro de los círculos que siente lo más notables apego por la buena novela se formulan este enunciado. Hace unos buenos años, mientras leía “Geografía de la novela, Carlos Fuentes” tuve la oportunidad de encontrarme una vez más con esta pregunta ¿Ha muerto la novela?. En realidad no sé si hablar de una novela muerta o de una novela que está en estado agónico, o de géneros literarios en camino a un atolladero. Pero para asumir una postura más responsable de una vía construida, se debe formula una serie de acontecimientos entorno a la novela y demás géneros.

La novela, como genero sin las ataduras fronterizas y por sus múltiples variedad de formas, combina un abanico de posibilidades donde lo no dicho, lo imaginado, el sacar a la luz lo invisible hace resonar en cientos de letras acontecimientos e historias que nos hacen igualar a sus protagonistas, claro teniendo en cuenta, la intromisión de la ficción en ella. La novela como tal no ha muerto, pero si estamos apreciando un estado agónico de la novela, motivado al gran auge mercadológico, a la difusión posmodernista del pensamiento en cuanto a novela de superación personal, al acrecentamiento del historial de corte espiritual que ha hecho menguar las buenas producciones literarias, proliferando así las novelas de sofá, de la cual no tengo nada en su contra, pero se le ha dado mayor distribución entre los lectores que solo quieren escuchar una historia dejando de lado la lectura comprometida. Muchos de estos escritores se condenan a escribir como un esclavo y a dejar de vivir, para escribir una historia, a hacerse verdaderos robot de la literatura, publicando en un año hasta tres y mas novelas, dejando a un lado la calidad.

Sé de ante mano, que el párrafo ante mencionado puede traer de por sí cuestionamiento de los seguidores de la llamada Novela Light, pero como afirmo, creo que hay buenas producciones de este tipo, pero creo que la literatura es más que ese tipo de lectura.Hago énfasis a aquella literatura, dicese novela, cuento o cualquier otro genero literario donde se produce una disciplina implícita, en el cual la búsqueda del placer nos produce un estado sublime de armonía constante, que la fuerza intelectual del texto nos atrape con tan premuras moniciones de una vuelta más a la esplendidez de la narración, que la belleza del texto nos haga mirar lo grandioso que ha sido el poder asomar nuestra lumbre sobre el escrito.

Siendo más explicito, la novela y otros géneros, para los que gustan de un buen escrito, no ha muerto, cómo renegar a un Thomas Mann, Borges, Hugo, Shakespeare, Cervantes, Kafka, entre otros que han dejado un legado de la buena literatura, sería ignorar la realidad del buen hacer literatura. “Leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, la literatura debería ser experiencial y pragmáticas antes que teórica” Harold Bloom. En una ocasión Emerson expresó “que los mejores libros nos impresionan con la convicción de que una naturaleza escribió y la misma naturaleza lee”. Cuando anclamos en los Miserables de Víctor Hugo vemos toda una sociedad francesa sumergida en del siglo XIX, una novela romántica donde evoca la tragecidad, conduciéndonos por la exaltación de los valores nacionales, el descontento del gobierno monárquico. Esa lectura nos pone en contacto con años de historia, donde no estuvimos, pero el escritor nos transporta por los laberintos de su vivencia adaptando la ficción.

Qué hace la buena lectura, la novela viva, los géneros literarios comprometido con el buen hacer literario, crean en nosotros una atmósfera imaginaria, donde en cierto modo buscamos la forma más sagaz de unir la ficción con la realidad, pero solo nos quedamos con la reminiscencia de lo leído. El hacernos un Quijote detrás de Dulcina, el dejarnos llevar de las manos por Virgilio por los diferentes círculos detrás de Beatriz cual si fuésemos Dante con su Divina Comedia , encumbrarnos por la Montaña Mágica, cuasi un Hans Castorp asistiendo a los debates de dos adversarios intelectuales, el humanista Settembrini, y el oscurantista Naphta. Mucho menos hacer asistir al olvido de Ulises de James Joyce donde narra los periplos de Leopordo Bloom y Stephen Dedalus por la ciudad de Dublín durante 24 horas hasta que ambos se encuentran y vuelven a dormir en casa de Leopold Bloom. Libro que a primera instancia parece desestructurado y caótico, pero con un buen manejo del monologo interior expresa los pensamientos del personaje, utilizando de igual manera otros recursos literarios que hacen grande a la novela.

Al posar mis ojos por el texto, busco elementos críticos ineludibles para llega a la deducción que en realidad hay un buen texto en mis manos, siempre busco una segunda fuente critica del libro, alguien con autoridad que haya dejado un legado crítico del texto, claro sin dejarme persuadir por las rebumbantes elogios realizado al escrito. La novela y más allá los demás géneros literarios siguen latente en los lectores que quieren encontrar al leer la reflexión, sin contradecir, ni el creer o dar por sentado que con ella somos absolutos en nuestras conversaciones.

Alberony Martínez

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