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La larga noche

«Había recibido la nota manuscrita de Almeida en la sede de su productora en Barcelona. Parecía una hoja de cuaderno escolar, como si hubiera sido arrancada de las páginas de cortesía de alguna agenda, caligrafiada con una letra grande y desordenada que desbordaba la pauta del papel. Un argumento sinóptico y el título de la película: La larga noche. No contaba con muchas instrucciones más para escribir un guión cuyo primer bosquejo tenía que estar listo en el plazo de dieciséis semanas. [...] Aunque la nota de Almeida no hacía referencia explícita a ningún episodio histórico, recordaba vagamente que se llamó "La larga noche" a la resistencia de Madrid durante la Guerra Civil».
I
He completado mi travesía hacia la invisibilidad. Un viaje interior, sin memorables pasajes, de recorrido abrupto y raquítico. Dilapidé una última ocasión para salvarme. Una mesa, algunos folios en blanco y una pluma estilográfica son el inventario de un afán en su día de cierre. Con ellos empeñé mis noches en escribir un guión para el cine y, aunque ninguna película llevará mi nombre en sus títulos de crédito, las paredes de mi cuarto de trabajo han sido testigos de otra metamorfosis. Nada dejaré a mis espaldas. Las voluntariosas cuartillas que escribí alimentarán los vertederos. Pero un fruto indeseado ha surgido de este empeño.  A la noche le ha brotado una flor negra. He de cosecharla y partir.
Los perros que ladran en la plaza lo intuyen. Muy pronto amanecerá sobre los pisos de protección oficial y los campanarios de las iglesias, sobre el cartel luminoso en la terraza del hotel Petrus, la noria en la ribera del río y la espalda y los lunares de Berta. Esos canes tan astutos claman justicia con sus ladridos; parecen querer desvelar a Berta mientras aún estoy aquí, que la verdad resplandezca y se haga la luz sobre el escritorio donde recliné mi peso y mi obsesión. Por casualidad había descubierto que ella solía detenerse en la puerta de mi estudio antes de salir de casa para dirigirse a su tienda, que después del primer café de la mañana y la ducha que no terminaban de arrebatarla del sueño, vacilante aún entre las gasas de la duermevela, se demoraba en el umbral sin atreverse a franquearlo, como si desconfiara de la tarea que yo desarrollaba cada noche al otro lado, un poco celosa tal vez de las horas que la escritura del guión le robaba. Desde que la sorprendí husmeando en mi cuarto, he procurado mantener para el escrutinio de Berta el aspecto informal y eficiente que éste tenía cuando me encerré por primera vez en él. Una formalidad que había surgido de una simple superstición, un impulso que no terminaba de comprender y que me empujaba a cerrar las contraventanas y correr los visillos de la habitación antes de abandonarla, como si aquellas paredes albergaran un santuario, como si reverenciara el espacio que había consagrado a la escritura o hubiera temido desde el primer momento que de ella sólo podría brotar algo turbio que era preciso confinar entre sombras. Con la misma impostada eficacia dejaba al albur de la tarea interrumpida por el alba mi estilográfica, los diccionarios y las fichas de cartón donde bosquejaba algunas escenas, los libros que compré para documentarme y la carpeta famélica destinada a conservar lo escrito. Todo desplegado en una primorosa anarquía para la mirada de Berta. Hoy no adulteraré la verdad: dejaré que los rayos del sol resplandezcan sobre la carcasa. No volveré a disponer sobre la mesa un calculado desorden de cuartillas. La empresa ha quebrado y el saldo ha sido reducido a dos bolsas de basura. El escritorio desnudo será el mejor emblema de mi legado.

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