Redactadas en yidish, estas memorias permanecieron ocultas durante años, y sólo después de la muerte de su autor han visto la luz. Treblinka es un libro único, escrito en tiempo presente, con una urgencia y una inmediatez estremecedoras. Esta edición incluye el célebre texto de Vasili Grossman en el que se cuenta detalladamente cómo funcionó la maquinaria de destrucción del «infierno de Treblinka, en comparación con el cual, el de Dante resulta un juego inofensivo e inocente de Satán».
PÁGINAS DEL LIBRO
Los tristes vagones me conducen hacia allí, hacia aquel lugar. De todas
partes nos llevan: del este y del oeste, del norte y del sur. De día y
de noche. En todas las estaciones del año, viajan los trenes: primavera y
verano, otoño e invierno. Los transportes viajan hacia allí sin
obstáculos ni restricciones y Treblinka se vuelve cada día más rica en
sangre. Cuanta más gente llevan allí, más crece su capacidad para
recibirla.
Partimos de la estación de
Lubartów, que queda a unos veinte kilómetros de Lublin. Viajo con mi
joven y bella hermana Rivke, de diecinueve años, y mi buen amigo Wolf
Ber Rojzman, con su mujer y sus dos hijos.
Igual que los demás, ignoro hacia dónde nos conducen y por qué. No
obstante, tratamos, dentro de lo posible, de averiguar algo sobre
nuestro destino. Los ladrones ucranianos que nos vigilan no quieren
concedernos la gracia de contestarnos. Lo único que oímos de ellos es:
-¡Entregad el dinero, entregad el oro y los ob-jetos de valor!
Estos asesinos nos revisan constantemente.
Casi en todo momento alguno de ellos nos aterroriza. Nos golpean
salvajemente con las culatas y todos tratamos, dentro de lo posible, de
esquivar el ensañamiento de los asesinos con algunos zlotyspara evitar
golpes.
Así es el viaje.Casi todos los que se
encuentran en el vagón son conocidos míos del mismo pueblo, Ostrów
Lubelski. En el vagón somos unas ciento cuarenta personas. Estamos
hacinados, el aire es excesivamente denso y nocivo, cada uno apretujado
contra el otro. Aunque las mujeres y los hombres están juntos, debido al
hacinamiento, todos tienen que evacuar sus necesidades donde están. De
todos los rincones se oyen pesados quejidos, y cada uno le pregunta al
otro: «¿Adónde vamos?» Sólo que todos se encogen recíprocamente de
hombros y responden con un profundo «¡Ay!». Nadie sabe adón-de nos
conduce el camino y, a la vez, nadie quiere creer que nos dirigimos
hacia donde llevan, desde varios meses atrás, a nuestras hermanas y
nuestros hermanos, a nuestros seres queridos.
A mi lado está sentado mi amigo Katz, ingeniero de profesión. Él me
asegura que nos dirigimos a Ucrania y que allí podremos establecernos en
una aldea y ocuparnos de tareas agrícolas. Me da a entender que lo sabe
con total certeza porque se lo dijo un teniente alemán, un
administrador de una granja estatal a siete kilómetros de nuestro
pueblo, en Jedlanka. Se lo contó como si fuese un amigo, porque cada
tanto él le arreglaba un motor eléctrico. Yo quiero creerle, aunque veo
que, en verdad, no es así.
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