Viernes. Amaral, Milow, Ana Rosa y El hipnotista definitivamente sin terminar (no es Larsson).
Simone de Beauvoir empieza una de sus cartas de amor a Sartre con el encabezamiento siguiente:
Querido pequeño ser
Estoy ojeando el último número de la revista Litoral, Cartas&caligrafías, y me encuentro con semejante talón de Aquiles en la acorazada y
reivindicativa existencia de la autora de El segundo sexo . De repente, me siento un poco poseída por ella y tengo la certeza de que, si hubiera compartido mi tiempo, su admiración por Colin Firth , tal vez secreta, hubiera sido similar a la mía. ¿Y el Sávame? El Sálvame lo hubiera visto a escondidas, cambiando de canal a la más mínima sospecha de la proximidad de Sastre.
Simone, Querido pequeño ser te delata.
Hace años, leí los relatos de La mujer rota. Creo que no los entendí, pero me gustó el malestar que desprendía cada línea, cada situación; me gustó la radiografía cruel del alma femenina, tan desordenada como una mesa por recoger después de una orgía, en rebelión perpetua, soterrada.
Nuestros espíritus recorren el bosque con antorchas.
Y amar a alguien, lo compruebo al enfrentarme a las palabras de Henry Miller, Hemingway, Ana Bolena o Marlene Dietrich, nos arrastra hacia una extraña fijación por compartir los detalles cotidianos, como si en las cosas más pequeñas (lo que desayunamos, la hora a la que leemos el periódico, el lado de la cama en que dormimos) se ocultasen los secretos que nos hacen más débiles. Más allá de la literatura, nuestro corazón se esconde en los botes de cristal de la cocina y en la alarma del despertador. Se encuentra a la intemperie, siempre a la vista y sin ninguna protección.
Por eso pasa desapercibido.
Escrito por: Marina Sanmartin
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